domingo, 10 de diciembre de 2006

Cierre de una etapa

Hoy, a las 14.15 hrs., murió un hombre. Al igual que cualquier día de cualquier año, en cualquier época. Pero con la diferencia de que él, como pocos, será parte de los libros de historia de las generaciones futuras, por lo honda de su huella en la historia de Chile: el general Augusto Pinochet.
No cabe duda de que su nombre no deja a nadie indiferente, ni siquiera en el extranjero. Muchos, muchísimos, lo ven como el tirano más siniestro de todos los tiempos. Otros, como un verdadero héroe. Y cada uno tiene sus razones para verlo así.
Todo partió con "Juan" Salvador Allende, cuando instauró el sistema socialista en Chile. Su "igualdad" para todos tuvo un precio: las famosas listas negras. En ellas figuraban los nombres de los terratenientes a los cuales quitarían sus terrenos para dárselos a los trabajadores. Hubo a quienes incluso los mataron. Y, claro, muchos fundos se fueron a pique, porque una cosa es saber trabajar la tierra y otra muy distinta saber administrar el fundo. En algunos casos, los trabajadores advirtieron a sus patrones de que vendrían tal día, y así alcanzaban a irse temporalmente a otra parte; hubo otros a quienes les pidieron que volvieran por este mismo asunto de administrar el fundo y llevar las cuentas.
Para qué decir la economía. Había que hacer colas ETERNAS para comprar, además de que las cantidades permitidas por familia, eran bastante reducida en proporción al número de integrantes.
En fin, frente a "la grande" que dejó Allende, para muchos Pinochet es un héroe.
Sin embargo, también están quienes de sólo oír ese nombre, sienten que se les revuelve el estómago. ¿En qué piensan? Ni modo, en el golpe militar y los detenidos desaparecidos. Esto fue realmente espantoso: por el mero hecho de ser comunista -o tener algo que ver con ese partido-, muchos murieron fusilados. Las escenas que se desarrollaban en torno a esto parecían sacadas directamente de una pesadilla: en medio de la noche, la casa se veía rodeada de hummers y helicópteros, a la par de que se oían las órdenes por altoparlante “que nadie se mueva; los hombres, salgan a la calle”; tras lo cual, mientras ellos eran registrados, los militares allanaban la casa buscando armas, folletos o cualquier cosa que tuviera que ver con el partido comunista; empujando, pateando y destruyendo lo que se pusiera a su paso.
Ahora bien, hay un “detalle” que me parece importante en esta parte de la historia: estos allanamientos no se dieron por igual en todo Santiago, sino que en zonas como la Gran Avenida y lugares de bajos recursos.
Esto no se puede dejar de tomar en cuenta, pues explica la gran brecha existente entre quienes idolatran a Pinochet y quienes lo odian. Ya que incluso los que le guardan rencor reconocen la mejora que hubo en la economía del país, durante su gobierno. Pero me da la impresión de que quienes lo consideran un santo, no están tomando el peso real del golpe militar.
Hay muchos que dicen agradecidamente “a mi abuelo lo iban a matar, pero los trabajadores de su campo le advirtieron a tiempo”, como también hay empresarios que miran a Allende con resentimiento por haberles quitado su empresa; pero no miran más que de reojo la otra cara de la moneda. Es claro, pueden considerarlo como un santo si sólo ven cómo arregló las "gracias" de Allende. Pero, por otra parte, dejó pasar cosas horribles. Desde el tema de allanamientos en la Gran Avenida hasta detalles menores, como obligar a todos los hombres a usar el pelo corto (como anécdota: a un familiar y a un primo suyo, los obligaron a bajarse del auto donde iban, para cortarles el pelo ahí mismo, en la calle). Ahora, en este punto el asunto no está del todo claro. Por una parte, Pinochet niega tener conocimiento de gran parte de las atrocidades cometidas, y está bien, cuando tienes millones de soldados bajo tu mando, no es posible saber qué hizo y qué no hizo cada uno de ellos. Pero, por otra, al general se le entregaba con cierta periocidad un informe que detallaba todo esto, el famoso informe Diana.
En fin, con el paso de los meses, el asunto empezó a ponerse color de hormiga. Empezaron a haber enfrentamientos en las calles e incluso en las universidades (por ejemplo, en la Pontificia Universidad Católica de Chile, a un estudiante lo mataron de un tiro porque, al ver a unos militares en el patio de la universidad, les gritó “¡pacos conchesumadre!”). Los militares estaban en todas partes, sembrando terror y tensión. En las calles se veían millones de cadáveres tirados en el suelo, como si se tratara de cáscaras de plátano; y por las noches pasaban camiones llenos de muertos.
A esto hay que sumarles los toques de queda. Nadie podía salir de su casa. Si había alguna emergencia médica, había que salir con bandera blanca y a una velocidad bajísima. Estaba absolutamente prohibido circular durante las horas de toque, so pena de ser fusilado. Si pillaban a alguien en la calle en horario de toque, al primer “¡Alto!” había que detenerse y dejarse registrar. Pero después quedaba a la merced del militar en cuestión.
En esos días, se usaba el Estadio Nacional como campo de reclusión para los enemigos políticos, a comienzo del régimen. Después fue usado también como campo de fusilamiento. Más de 40 mil personas murieron ahí.
Y las desgracias no se detenían, eran una seguidilla de hechos sangrientos. Es así como en el diario La Nación nos encontramos con cosas como éstas:


"El 4 de septiembre de 1984 fallece el sacerdote francés André Jarlan, luego que una bala traspasara su vivienda en la población La Victoria."



"El 30 de marzo de 1985 tres profesionales militantes del Partido Comunistas son degollados. Los cuerpos de Santiago Nattino, Manuel Guerrero y Jose Manuel Parada son encontrados cerca del aeropuerto."



"El 2 de julio de 1986 Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas fueron quemados por una patrulla militar. El joven perdió la vida y ella quedó gravemente herida."



Entre MUCHAS otras.

Y pensar que todas estas atrocidades fueron hace tan poco... No alcanzan a ser veinte años desde que comenzó todo el conflicto que acaba de cerrarse hoy. Sin embargo, creo que acá sería bueno hacer una pausa. ¿Nunca se han detenido a pensar que tal vez se conocen más los detenidos desaparecidos de la época del golpe, porque las familias de los "eliminados" durante la UP han hecho menos ruido? No lo sé, pero le daré el beneficio de la duda.
En fin, claramente este personaje fue un tirano. Fue siniestro y ambicioso como pocos (caso Riggs)...ok; mas tampoco
podemos dejar de tomar en cuenta -insisto- las cosas buenas que hizo el general. Me parece que no sería lo correcto ponerlo como el malo de la película. Allende tampoco fue un santo, él expresamente mandó a eliminar a muchísimas personas. Creo que simplemente, son los dos extremos de un péndulo que por fin parece acercarse a su centro. Ambos humanos, con virtudes y defectos.
Y ya que son humanos, creo que ambos se merecen una oportunidad. Todos tienen derecho a ser perdonados, más allá de cuán terrible haya sido lo hecho.
Y si bien es cierto que las víctimas y, en general, los hijos de esa época probablemente no olvidarán, eso no quita lo anterior.
Espero que ambos descansen en paz.
Adiós, General.

viernes, 1 de diciembre de 2006

¿Culpable? ¿¿¿Yo???

Todos –o al menos los “todos” de índole humano- alguna vez hemos sentido culpa. Y si entramos al promedio de nuestra especie, nos daremos cuenta de que no sólo alguna, sino que muchas veces. Y sin que necesariamente sea nuestra culpa. Ahora bien, hay que distinguir hasta qué punto este sentimiento lo podemos considerar normal o correcto.
Si nos fijamos en los niños chicos, no es que sea precisa y exactamente un sentimiento de culpabilidad, pero sí una sensación de que fue a causa de ellos. Siendo más exacta, no les remuerde la conciencia por lo ocurrido, pero sí creen que es culpa de ellos en cuanto a que están seguros de que tal hecho realmente fue provocado por algo que ellos hicieron.
Por ejemplo, cuando los padres se divorcian. No es poco usual que los niños traten de negociar el asunto: “No te vayas, te prometo que ahora me portaré bien y me comeré toda la comida” o “No pelearé más con mi hermanito” y cosas por el estilo; y es que aún no se dan cuenta de que el mundo no gira en torno suyo.
Y perfectamente puede ser que la pareja se lleve mal, porque no se conocieron lo suficiente durante el pololeo y ahora no se soportan, lo cual claramente no es la culpa de los niños, pero ellos lo ven así.
Un ejemplo más cercano, es el de una señora que conozco, que a sus más de cuarenta años, sigue pensando que su papá se fue de la casa por su culpa. Y, simplemente, no lo ha podido superar. Racionalmente, sabe que no fue nada que ella haya hecho; pero no deja de sentirse culpable. Y esto se da en la mayoría de los casos, a menos que el niño sea de los que los psicólogos del colegio califican como “niño poco empático”, de ésos que no les importa realmente el otro, porque no logran crear vínculos afectivos de ningún tipo. Son de esas personalidades que pueden matar a sangre fría sin que les altere de ningún modo. Ahora, considero importante aclarar que últimamente está muy de moda en los colegios calificar a los niños como “poco empáticos” porque no están dispuestos a socializar con la psicóloga del establecimiento.

Pero seamos realistas, ¿A quién le resultaría fácil abrir su corazón o contar “intimidades” a una señora o señor que –como mucho- haz visto un par de veces en el pasillo, y que, de pasada, su plástica sonrisa te recuerda a It el payaso? Entonces muchas veces se da que, dado que el niño se muestra indiferente ante los miles de kilos de azúcar con los que los personajes en cuestión cargan sus palabras, lo evalúan como “niño poco empático”. No es tan sencillo el asunto. Para ese tipo de cosas, mejor remitirse al vínculo que lo une a otros coetáneos. Si tiene, bien. Si no hay vínculo afectivo…mejor preocuparse.
Pero avancemos un poco más. Ya más entrada la adolescencia, el “obvio que fue por la vez que hice tal cosa”, se transforma gradualmente en una gran y tortuosa interrogante: “¡¿Qué hice?! ¡¿Qué no hice?!”. Y…sí. Todavía en esta etapa se siente el divorcio de los padres como si fuera culpa de ellos, con la diferencia de que ahora simplemente no saben qué ni porqué. Y no sólo eso, sino que esta es la edad por excelencia en que se actúa más impulsivamente y, por esas ironías de la vida, es la edad en la que más culpa se siente. Al menos al niño chico mientras no le afecte directamente, no le importa. Ahora sí importa. Importa mucho. ¿El tipo a quien le dijiste que no querías bailar con él en la graduación –y no muy amablemente, que digamos- resulta que ahora tiene depresión? Es tu culpa. No tienes del todo claro el motivo por el que un rechazo tan simple, si bien antipático, pueda ser tan terrible; pero es lo único que haz hecho, así que debe ser por eso. O, otro ejemplo real, tu papá te manda a hacer la cama y no la haces porque te da lata. Y cuando vuelves, te das cuenta de que él te la hizo, tras lo cual te sientes culpable todo el día.
Los años siguen pasando, y en la medida que creces te vas haciendo conciente de lo que ocurre a tu alrededor y te vas responsabilizando de tus propios actos. Y, de paso, ahora el sentimiento de culpa versión 2.0 tiene “new features” puedes escoger dos modalidades en la culpabilidad: con remordimiento o con duda (te sientes culpable –o te culpan- y no sabes qué diantres hiciste mal…o al menos no logras comprender en qué punto eso pasó a ser malo).
Y así, la vida pasa, los años se van, las experiencias quedan. Te vas dando cuenta de que hay cosas por las que no vale sentirse culpable. Cada vez hay más situaciones que te dan más razones para sentirte culpable y en cada una te das cuenta más rápido que no lo es, e inmediatamente encuentras un motivo para no hacerlo.
De modo que nos encontramos con una situación sumamente curiosa (y no deja de ser chistoso). Si se puede considerar como culpabilidad un sentimiento de una duración inferior a 1.5 segundos; entonces, con el paso de los años cada vez hay más sentimientos de culpa revolviendo el gallinero de nuestra cabeza, pero, al mismo tiempo, cada vez tenemos más y mejores excusas para justificar que no es nuestra culpa o, al menos, para hacernos los desentendidos.

martes, 14 de noviembre de 2006

Hormigas Cabezonas Awards

Definitivamente, éstas han sido las dos semanas de las “hormigas cabezonas”. Y creo que el primer lugar se lo lleva –y con honores- mi torpe y reciente caída por las escaleras.
Iba subiendo, con mi café frío en una mano y el pocillo con cereales en la otra, cuando a una hormiga cabezona se le ocurrió pararse en un escalón; con la siguiente escena como resultado: a la par que yo me iba hacia el lado y me pegaba un costalazo contra la pared, los cereales volaron por el aire, escarchando la escalera, y el café también voló, y estalló contra la pared.
Y todo esto, en unos pocos segundos. Claro, cuando me vi que el contenido de la taza se había reducido a la mitad (para qué decir el pocillo), pude adivinar lo que medio segundo después descubriría mi mirada: mientras la escalera y pared estaban manchadas con café, las hojuelas habían escarchado los escalones que estaban frente a mí. Literalmente, “llovió café en el campo”. Algo así como una mezcla entre Juan Luis Guerra y uno de los primeros comerciales de Chocapic (de ésos en los que una ola de chocolate baña todo el campo de trigo, que en este caso sería mi escalera escarchada).


Ahora bien, si el costalazo fue doloroso, no esperé a compararlo con lo que me esperaría si mi mamá descubría eso, no señor. De modo que de inmediato se aplicó paño húmedo y aspiradora; y gracias a la ayuda recibida, fue posible limpiar este caos CASI a la misma velocidad a la que se produjo. Y hasta tiene un lado bueno: la escalera quedó fresquita, ideal para el calor.

El segundo lugar, se lo lleva una anécdota un poco más añeja.
Hace años atrás, mi abuela contrató a una nana que medía como 1'50; cosa que probablemente facilitó el trabajo a las hormigas éstas. Un día, estaba mi abuela almorzando con la familia. Terminan el postre, tocan el timbre. Aparece la nana con la bandeja; pero cuando se encontraba a unos 3 mts. de la mesa, se tropieza y resbala, pero lo anecdótico está en que cuidó tanto de que no cayera la bandeja, que llegó de un solo impulso -gracias al tropezón-, sobre su espalda y con la bandeja con las tazas, perfectamente horizontal.



Finalmente, el tercer lugar se lo lleva mi madre; que se tropezó cuando llevaba un batido sabor a chocolate en la mano. Resultado: durante todo un día, fue una delicia entrar a su pieza. Todo impregnado con el olor a chocolate.





domingo, 12 de noviembre de 2006

¿Dónde Están los Verdaderos Locos?

Hace poco, una amiga preguntaba por los verdaderos locos. "¿Qué pasó con los locos de verdad?", escribe. ¿Qué pasó? Pasó que formaron un movimiento político y ahora están en el poder. Ocultos bajo varias formas: como abuelita redonda, carente de materia gris, que regala charangos al presidente de Bolivia. Como diputado, senador, secretario, ministro, etc.
Pero no son los únicos.

También están los que se ocultan tras su pluma y papel. No por nada dicen que la genialidad está a un paso de la locura. No hay genio a quien no hayan tachado de loco, así como es innegable que los locos son geniales. Incluso hay algunos que dan la impresión de que van más allá de lo que está al alcance del resto. ¿Tal vez fue haber encontrado, finalmente, la Verdad lo que los enloqueció? Tal vez. Pero no todos.

Hay otros a quienes los enloqueció el amor; ya sea por lo inalcanzable, ya por la pérdida, ya por celos...ya porque estaban a medio paso y éste los hizo dar el salto. Pero por lo general son grandes cosas las que llevan a la locura. Cosas que, al parecer, no están al alcance del entendimiento de cualquiera. De no ser así, no los hubiera enloquecido.

Pero podemos ir más allá. Haz una pausa en tu quehacer y mira en torno tuyo. Mira la humanidad. ¿Merece seguir siendo llamada así? La locura se ha apoderado de toda la raza humana, acompañada de sus cómplices: Individualismo, Idea de Progreso y Capitalismo. Y no es difícil darse cuenta. Son ellos quienes nos saludan cada mañana en el trabajo, en las empresas...e incluso son invitados permanentes a la hora de comer en varias familias. Se sientan a la mesa, impidiéndoles que dejen a un lado el stress y sus preocupaciones en forma de espiral, para poder comunicarse con el otro.


Los verdaderos locos están por todas partes. Mas no todos nacieron así, algunos sólo se dejaron consumir por esta sociedad, ansiosa de producir. ¿Una vuelta a la revolución Industrial? Puede ser.

Por las calles del centro se ven humanoides circulando, cuya única preocupación es cómo ganar más dinero. Horas extra, extender el trabajo al hogar. Silencio mortal que corta con su delgado filo el aire familiar. Padres que no llegan sino hasta muy tarde, familias que no se dirigen el habla, que no son capaces de reunirse al final del día. Cada uno con su bandeja, en su pieza, con su T.V. Y en el día, se aislan con su MP4. Y todo esto es auspiciado por el afán de producir y ganar, cueste lo que cueste.


Al paso que vamos, terminaremos igual que China. Tiene la mejor tecnología, es el país con mayor eficiencia y rendimiento, pero... ¿A costa de qué? Entre otras cosas, de tener la tasa más alta de suicidio escolar. ¿Acaso queremos llegar a eso?

sábado, 11 de noviembre de 2006

La Paradoja del Tiempo

El tema del tiempo abarca más de lo que parece. Pero en este post me voy a centrar en el tiempo humano.
La mayoría ha oído hablar del tiempo interno y externo. Una cosa es la posición de las agujas y otra, muy distinta, es la propia percepción que se tenga de su curso. Esto se ve más claramente en el hecho de que EXACTAMENTE los mismos dos meses de vacaciones para un alumno universitario se hagan un suspiro, mientras que para uno de primer ciclo básico, sean increíblemente eternos. Hasta el punto de ser aburridos, por lo que no es raro oír al niño decir que ya quiere entrar a clases; y, cuando está en clases, que quiere salir.
Con el paso de los años, estos van acelerando su vuelo. De hecho, uno comienza a hacerse consciente de que envejece, no sólo por cosas como que tus primos chicos (o, peor aún, tus sobrinos) empiezan a pedirte cigarros, sino que porque la cantidad de velitas aumenta año tras año, y porque cada vez es más pequeña la brecha entre uno y otro. Y, sin embargo, los 365 días tienen exactamente las mismas 24 horas, de 60 minutos cada una, etc. Y esto se debe a que la percepción que se tiene del tiempo externo, es inversamente proporcional a la velocidad de cambios que ocurren al interior del sujeto.
Ahora, el tiempo interno cuenta con la variable de que es absolutamente distinta en cada individuo. Esto es observable en que mientras que para unas personas “un ratito” o “poco rato” no son más de 10 minutos; para otras, es algo absolutamente relativo a lo entretenida de la conversación, o a las ofertas que haya en vitrina, entre otras cosas. Nunca falta la clásica situación en que la mamá te va a buscar a la casa de una amiga, te hace bajar tus cosas y JUSTO cuando están en la puerta, se pone a conversar con la dueña de casa. Frente a eso puedes hacer dos cosas: 1) “anunciar” de que estarás arriba hasta que terminen de conversar (escena que se repetirá al menos cinco veces antes de que, efectivamente, se vayan; de modo que estarás unos 30 minutos esperando, de pie ante la puerta) o 2) dejar tus cosas en la entrada y subir sigilosamente, lo cual te dará al menos media hora de gracia. Y lo digo por experiencia, funciona.
Otro fenómeno en el que se observa esta variable, es cuando uno queda en juntarse con alguien. “¿A que hora nos juntamos?” “En la tarde…o, mejor, en la tarde-noche”. Y claro, “tarde-noche” abarca desde las 18.00 hasta las 21.30-22.00 (ya que ahora oscurece más tarde). Bueno, sería peor si dijeran “En la tarde”, porque ahí el tema se expandiría de 14.00 a 21.30; y esa espera sí que sería una lata.
O para qué decir en el shopping. Vas con tu mamá, llama el papá preguntando a qué hora vuelven y ella, tranquilamente dice “No te preocupes gordo, estaremos allá en la casa en un ratito; si sólo vinimos a ver un par de cositas, así que espérennos para almorzar”. No me digan ahora que no conocen el desenlace: llegan a la sección de ropa, buscando “sólo y exclusivamente” un par de poleras, pero descubren que los jeans y los polerones están en oferta. Acá hay dos finales “a elegir”: te unes a la causa y empiezas también a revolver entre los montones de ropa, de modo que el “ratito” pasa a ser al menos dos horas; o puedes poner cara de hastío y empezar a catetear, “yapo, mamá, si sólo vinimos a comprar dos poleras y ya las tenemos; aparte de que en la casa se van a enojar…vámonos…”. Lo más probable, en el caso de que optes por la segunda alternativa (que es lo que suelen hacer los adolescentes de entre 13 y 16 años, por lo general), es que ella te mire con ojos de “cría cuervos y te arrancarán los ojos” o “criatura desagradecida”, a la par de que te dice, con voz sentida, “cómo puedes ser tan desagradecida, te traje para que te compres algo lindo, te ofrezco llevar algo más y tú sólo respondes siendo súper pesada; vas a tener que aguantarte porque, al menos yo, voy a aprovechar de ver lo que está en oferta. Y si después te arrepientes de no haber llevado algo, no alegues porque no te vuelvo a traer” y, en ese caso, la demora es mucho mayor. Claro, una de las cosas que se aprenden con la edad es que tener una mente abierta (aunque no demasiado, porque se pueden caer los sesos –es una metáfora-), paciencia, buena disposición y aprovechar las ofertas siempre traerá buenos resultados. Aparte, admitámoslo, si no eres de esas personas que gustan de ir al mall a vitrinear y revolver en las rumas de ropa, éste es el tipo de ocasión en que tendrás una linda tenida nueva. O ahora o nunca. Porque, para qué nos vamos con cuentos, es una lata ir a esos lugares atestados de gente, con música a todo volumen, estar mucho, pero MUCHO rato revolviendo, para después hacer una fila ETERNA en el momento de pagar. Y eso después de haber caminado miles de kilómetros antes de encontrar la tienda cuya ropa cumpla con la regla de oro, las tres B: buena, bonita y barata. O sea, al menos yo no estoy dispuesta a pagar $20 000 pesos por un simple par de jeans.
Como para cerrar, lo más irónico del tiempo es que la velocidad en que transcurre es inversamente proporcional a cuán bien lo estás pasando. Tal cual. Cuando lo estás pasando increíblemente bien, pasa increíblemente rápido. Y cuando no puedes estar más aburrida, no puede pasar más lento. Ni aunque le paguen por ello.

viernes, 10 de noviembre de 2006

¡¿Pero Cómo No Me Advirtieron?!

Típico.
Las personas (entre ellas, aunque no lo crean, yo) suelen sorprenderme lo indecible: se meten en asuntos de finales -y consecuencias- obvios, para después alegar de que o "cómo no me advirtieron!" o "¡cómo no me di cuenta!". Y siempre es lo mismo.
Lo más cómico del asunto, es que la mayoría de las veces SÍ te advierten de que lo más posible, si sigues adelante con X, es que ocurra Z.
Y a pesar de eso y del obvio desenlace, uno encuentra la excusa para argumentar porqué esto no es tan así, lo saca adelante y ocurre lo inevitable. Después de eso sólo quedan los odiosos "te lo dije", además del típico alegato
"cómo no me advirtieron!". Siendo que sí lo hicieron.
Y eso pasa con todos. Y en todos los ámbitos de la vida, incluso en las advertencias de los productos que uno suele comprar.
¿Es que, acaso, es necesario advertirlo todo, hasta lo más increíble y obviamente estúpido?
Al parecer, sí.
Por ejemplo, hace unos años que me contaron que una mujer estadounidense demandó a la empresa de microondas, por no advertir que no podía usarse como secador. Y esto, porque resulta que después de bañar a su pussycat, no se le ocurrió nada mejor que secarlo en el microondas. Y bueno...ocurrió lo esperable: el gato estalló, y la señora, incapaz de darse cuenta de su obvio error, demandó a la empresa. "¡¿Cómo no lo advirtieron?!" (y obviamente, hoy es millonaria).
Y así empezaron a aparecer en los envases advertencias de esta índole:

1.- En una caja de jabón .. : INDICACIONES: UTILIZAR COMO JABÓN NORMAL. (no imagino cómo se usarán los no-normales)

2.- En algunas comidas congeladas ... : SUGERENCIA PARA SERVIR: DESCONGELAR PRIMERO. (Pero recuerde, sólo es una sugerencia... todo depende de su dentadura...)

3.- En un hotel que proporcionaba un gorro para la ducha en una caja: VALE PARA UNA CABEZA. (sin comentarios ...)

4.- En el postre de Tiramisú ... (impreso en la parte de abajo De la caja): NO VOLTEAR EL ENVASE. (Ooops! Demasiado tarde!...)

5.- En el budín de ....: ATENCIÓN: EL PRODUCTO ESTARÁ CALIENTE DESPUÉS DE CALENTARLO. (Woow! Es increíble cómo avanza la ciencia...)

6.- En un paquete de una plancha ...: NO PLANCHAR LA ROPA SOBRE EL CUERPO. (...ok...)

7.- En un jarabe de ... contra la tos para niños: NO CONDUZCA AUTOMÓVILES NI MANEJE MAQUINARIA PESADA DESPUÉS DE USAR ESTE MEDICAMENTO. (Podríamos evitar muchísimos accidentes de la construcción si consiguiéramos mantener alejados de las palas excavadoras a esos peligrosos individuos de 4 o 5 años...)


8.- En las pastillas para dormir de ...: PRECAUCIÓN: ESTE MEDICAMENTO PRODUCE SOMNOLENCIA (Eso espero...)

9.- En un cuchillo de cocina coreano: IMPORTANTE: MANTENER FUERA DEL ALCANCE DE LOS NIÑOS Y LAS MASCOTAS. (Qué clase de mascotas tendrá la gente de Corea?)

10.- En una tira de luces de Navidad fabricadas en China: SOLO PARA USAR EN EL INTERIOR O EN EL EXTERIOR. (Ojo, única y exclusivamente...)

11.- En los maníes de ... : AVISO: CONTIENE MANÍES. (Sin comentarios)

12.- En un paquete de frutas secas de ....: INSTRUCCIONES: ABRIR EL PAQUETE, COMER LOS FRUTAS SECAS. (Bueno, tengamos en cuenta que en los aviones viajan personas de culturas y costumbres muy diferentes ...)

13.- En una sierra eléctrica sueca: NO INTENTE DETENER LA SIERRA CON LAS MANOS O LOS GENITALES (Ouch...)

(Estos datos fueron recopilados por un español, puede encontrarse en Internet)


Y bien...no deja de ser gracioso. No sé si será la estupidez o terquedad humana (o su inagotable afán de ganar dinero no-honestamente), la cosa es que a estas alturas nos vemos insertos en un mundo con advertencias ridículas pero obligatorias; ya que si no, nunca faltará quién cometa alguna estupidez MAGNA, que le aportará miles de millones (todos sabemos que en esos lugares está de moda la cultura de la demanda). Y si bien en la mayoría de los casos hay fines de lucro de por medio, también hay pseudo-entes que cometen estas aberraciones.
En fin...



martes, 31 de octubre de 2006

Alcohol y Drogas en la Adolescencia

No es fácil ser adolescente. De hecho, es una etapa que se “adolece” casi en solitario. Y digo casi, porque una de las cosas más importantes a esa edad, es el grupo. Efectivamente, se está en algo así como una manada, donde cuentas con dos opciones: o te adaptas o te quedas atrás. Y esto no es difícil cuando se está en una misma “parada”, en “buena onda”. El problema aparece cuando no sólo hay diferencia entre los integrantes, sino que además estas diferencias se ubican en el nivel “valores intransables”.

Recuerdo que mi mejor amiga y yo nos juntábamos con un grupo de niñas de nuestra edad, del Francisco de Asís (para entonces nosotras estábamos en el Nazaret) y unos jóvenes de los colegios San Ignacio del Bosque y Verbo Divino. Al comienzo se daba la típica situación de las niñas cuchicheando en un lado de la pieza y los hombres en las mismas, pero al otro lado de la pieza. Pero eran “niños bien”. Mas, con el paso de los años, el grupo fue cambiando (decir “evolucionando” no sería fiel a la realidad). En la segunda etapa de este grupo, empezaron a abundar los campanilleos de botella durante los fines de semana. Y claro, como miembro de la manada, o me adaptaba o me quedaba atrás. Y si a eso le sumamos el factor que para entonces estaba en una constante pugna por el liderazgo con otra niña (éramos, respectivamente, la antítesis la una de la otra), así que me adapté. Y bien cierto es cuando dicen que la cerveza es un gusto adquirido: pucha que la encontré mala cuando la probé por primera vez. Pero no era algo que me molestara, además de que tenía un “no-sé-qué” que me ayudaba a bailar con más soltura cuando salíamos. Mas, aun así, empecé a quedarme atrás.

Con el paso del tiempo, mis amigas empezaron a llenar el vaso más seguido; de modo que el ambiente se prendía notablemente a eso de las 22.30, por lo general. Pero aún era llevable, si bien era una lata verlos en ese estado. Ahora bien, creo que la escena más triste, era ver a mis amigas riéndose de cualquier tontera por efectos del alcohol; o ver cómo estos personajes aprovechaban de ser más “cariñosos”, poniendo la mano en el límite mismo de la espalda o haciendo que ellas se sentasen en sus rodillas. Y no lo voy a negar: me enorgullezco de no haber cedido nunca. Ellos mismos me trataban de una manera diferente.

Pasó un año más. Nunca olvidaré ese año nuevo 2001-2002. Fuimos a la rotonda Pérez Z. La fiesta prometía. Además de que iba el niño objeto de mis desvelos, no podía ser mejor el asunto. Tres ambientes, bar abierto toda la noche, miles de personas. Conforme pasaban las horas, algunos del grupo fueron cayendo en la pista, otros simplemente no pasaban del nivel “random” de borrachera. Yo era la única 100% sobria, de modo que me tocó la latosa tarea de ir recogiendo lo que quedaba de mis “amigos” y ubicarlos más a la orilla, no fuera a ser que los pisen. Creo que lo único más triste que ver a una de mis “amigas” vomitando y durmiendo a la orilla de la pista de baile, fue pasarme las últimas horas de la fiesta en otra orilla, cuidando al que me gustaba. En esas dos horas tuve miles de sentimientos encontrados: por un lado, me agradaba poder cuidarlo yo, pero sabía que no sería conciente de ello a menos que le contaran. Y que aun así, ese momento tan penoso (no es precisamente mi idea de minuto romántico) probablemente sería el único tan “cercano”. ¿Tal vez por mi propia timidez? No lo sé. Lo único que sé es que la primera y última vez en que tuve su cabeza apoyada en mis piernas, mientras lo arropaba con un echarpe que me habían regalado esa navidad, para que no se enfríe (eran como las 07.30). Sólo me separé de él, tras encargárselo unos minutos a otro amigo, para ver qué tal estaba otro personaje, que había caído a eso de las 02.00 y que dejé en la enfermería que había dentro de la instalación. Luego, volví a mi puesto anterior. Nunca me había emborrachado, pero al verlo a él, inconsciente, sintiéndose mal…ver ese cuadro tan triste, reafirmó mi propósito de jamás, en la vida, emborracharme. Y con gran orgullo lo he logrado.

En Febrero 2002, mis “amigas” se fueron a un departamento de Viña con estos personajes…pero diciéndoles a sus papás que se iban al campo de una de ellas, con la familia. Yo esto lo supe porque me había ido con otras dos a una casa en Concón, y nos las encontramos en la playa, que fue donde nos enteramos de todo esto. El ambiente era súper desagradable: con la excusa de que tenían la confianza de “hermanos”, hacían cosas que uno no haría (ni permitiría que hicieran) JAMÁS con los verdaderos hermanos. Con decir que los límites de la espalda se cayeron al son de la fuerza de gravedad y que ellos las tomaban de la cintura como quien pasa el brazo tras los hombros, estoy diciendo lo mínimo. Su rutina diaria consistía en despertar a eso de las 13.00, ir al Mc Donnald’s, jugar cartas, comprar trago y ahí quedaban dos opciones (que solían alternar): ir a la discotheque en Reñaca o, simplemente, emborracharse hasta caer al piso. Y una vez en ésas, jugaban a la botella (pero los besos no eran simples toponcitos) y hacían cosas por el estilo. Recuerdo que casi muero cuando entré a ese departamento: el humo ya parecía una jalea tóxica por lo denso y concentrado, además de que el olor a alcohol amenazaba con pegarse a la ropa. Fue en ese ambiente de “hermandad” donde empecé a separarme, de a poco, de esta “manada” (que para esas alturas ya parecían animales por lo poco racional de su actitud).

Y los años 2002-2003 esto se remató con broche de oro. El grupo había cambiado nuevamente: ya no nos juntábamos con hombres de nuestra edad, sino que una generación más arriba. El tema de la concentración de alcohol por litro de sangre si no era igual era peor, y ahora se sumó un factor más: la droga. Nunca olvidaré la espeluznante ocasión en que la “bacán” del grupo (para entonces yo ya estaba bastante alejada y me conocían más como la que no solía hablar mucho –por no decir que, prácticamente, nada-) o, mejor dicho, la más “liberal”, por ponerlo más finamente; dijo que uno de estos personajes (uno con nombre y apellido) “curado maneja mejor, y mejor todavía si va curado y volado”. Se me congeló la sangre tan sólo escuchar esto. De las quince personas que éramos, sólo unos cuatro de ellos manejaba. De nosotras, ninguna. Y de ellos, sólo dos eran lo suficientemente responsables como para no tomar cuando iban manejando y, lamentablemente, no iban siempre en auto. ¿Cómo decirle a los papás que EN VERDAD no es por floja ni dejada que les pido que me vayan a buscar, en vez de conseguirme con alguno de los que estaba ahí? A esa edad ya asumen que nuestros amigos nos llevan, así que no les hace mayor gracia que a cada rato les pidamos transporte.

Para entonces no me resultaba raro tener como música de fondo en las juntas las grotescas risotadas, efecto típico del trago. Siendo la única sobria, no era raro que me confinara a algún rincón en silencio; con un vaso de Coca Cola Light en una mano, y un Kent One en la otra. Y tampoco era raro ver a alguno de esos personajes con los ojos hinchadísimos. Estaba claro que no era que curiosamente les había entrado mugre en ambos ojos y que los últimos cinco minutos se los hayan restregado lo suficientemente fuerte como para quedar así. De modo que o los había mordido Drácula y se convirtieron en vampiros sedientos de sangre, o, lo que era la triste realidad, se habían estado fumando sus porros al fondo del patio. ¿Qué hacer al respecto? Al fin y al cabo yo estaba sola. Y no es que fuera la única relativamente centrada (dentro de lo que se puede…Jajaja…), sino que era la única que no se dejaba llevar por la corriente. El que esta situación empezara a repetirse de modo casi constante, fue la gota que rebalsó el vaso: ahí me separé definitivamente de ese grupo, al menos en lo que a sus extrañas salidas se refería. Iba sólo de vez en cuando con ellos, si bien me seguía juntando con ellas en los recreos. Me daba una lata inmensa ir, por lo que al final casi ni me llamaban. Y tampoco me importó mayormente.
Y esta triste realidad es cada vez más común en los adolescentes. Cada vez son menos los que se alejan de esto. La mayoría o “se hace el tonto” o se deja llevar por el resto del grupo. No es fácil oponerse, y lo digo con conocimiento de la causa. ¿Qué hacer cuando eres el único en desacuerdo? ¿Los sigues o te quedas solo? La soledad quema, más aún a esa edad. Pero ¿quiénes están dispuestos a pagar ese precio por una coherencia con lo que late en el fondo de su ser? Porque el tema es igual que cuando tu primer cigarro es uno de los fuertes: no te gusta el sabor, sabes a ciencia cierta lo dañino que es, pero el tema de la aceptación social puede llevarte más allá de eso. Es así como empecé a fumar a los 14 años; a esa edad no estaba tan conciente, como lo estuve después, de las consecuencias que tiene el dejarse llevar con tal de adaptarse a la manada. Y la misma historia se repite, aumentando su redoble, generación tras generación, a una edad cada vez menor.

jueves, 26 de octubre de 2006

Profanacion de Cuna: el Clasico Porrazo Femenino


Todas –o casi- han pasado por esto en algún momento de su vida, y las que no lo han hecho, lo más probable es que también se tropiecen con esta atractiva piedra: salir o –lo que es peor- pololear con un hombre menor. Al comienzo resulta hasta sexy sentir esa brisa de aire fresco que las energías juveniles transmiten, pero el problema comienza cuando sueltas las riendas al corazón: mientras que uno busca la estabilidad y seriedad de una relación adulta, el niño está recién descubriendo el néctar de las relaciones (que, en realidad, no suelen ser más que aventuras) amorosas. Uno comienza a proyectarse, él piensa que quiere más experiencia; lo cual, en buen chileno, es “quiero agarrarme más minas antes de siquiera pensar en la posibilidad de algo serio y duradero”. Y cuando esta diferencia empieza a hacerse más evidente, llegan los quiebres. Y acá están las típicas y nunca bien ponderadas frases clichés como “es que no eres tú, soy yo”, “siento que me estoy cortando las alas”, “ya no soy el mismo de antes”, etc., etc. …

Y la mujer en cuestión, se parte la cabeza pensando en qué hizo mal, qué hizo y qué no hizo; los pensamientos culpables llegan como una avalancha a saturar la mente. Y es inevitable. Pues por mucho que se las den de temerarias, liberales y modernas, diciendo “Nah, si no quiero nada serio…¿proyección? Pfff! Dejemos eso para más adelante; quiero algo serio, pero no taan serio; no quiero enamorarme ni menos proyectarme a otro nivel” o jurando de guata de que “No pienso volverme a enamorar, ¡jamás! Quiero un pololeo relajado, tranquilo, pero no quiero calentarme la cabeza pensando en algo más, como tampoco quiero arriesgarme a otra desilusión”. Seguro! A los tres meses de pololeo ya empiezas a pensar que da lo mismo, puedes relajarte un poquito afectivamente, no estar controlando lo que sientes no implica necesariamente terminar perdidamente enamorada de él. ¡Mentira! Es cosa de que pasen otros tres más y ya pensaste hasta qué nombre le pondrías a tu cuarto hijo con él.

Claro, en comparación a sus amigas eres top; pues tú ya tienes licencia hace rato, mientras que ellas con suerte están haciendo el curso; te queda menos tiempo para egresar de la universidad que a todo su grupo social, o al menos ya estás haciendo la práctica mientras que ellos se queman las pestañas estudiando para los ramos introductorios; tienes algunos pesos, porque a estas alturas de la vida ya asumiste que la mesada simplemente no alcanza, así que te pusiste las pilas y empezaste a producir, no así sus flamantes coetáneas. Entonces…¿qué tienen ellas que no tenga yo?, me preguntarás. Simple. Menos años encima, menos seriedad y no están ni ahí con tener relaciones serias antes de los 25. Y eso, para tu joven galán, es una garantía de no-compromiso, cosa que suma un gran atractivo a la fémina en cuestión. Tú puedes ser inteligente, tener licencia, algunos pesos extra, más experiencia, más sabia, lo que quieras; cuentas con todos los plus que te da el paso de los años, pero eso no le interesa sino que a los hombres adultos. Y entiendo por esto a un hombre que tenga al menos dos años más que tú. Así que asume: si quieres tener una aventura con un niño (pues si no tiene al menos dos años más que tú, no es más que un niño), es fácil pronosticar el futuro: serás su más preciado trofeo, puede que hasta te luzca frente a sus amigos, pues no hay hombre que no fantasee con tener alguna relación con una mujer mayor; para qué decir si además eres linda e inteligente. Pero nada más. No esperes ser más que un trofeo, no es lo más usual que quieran algo serio a tan temprana edad. Mas, si te pones en la situación, ¿cómo resistirse a las fogosas energías jóvenes? ¿cómo decir que no a esos maravillosos ojos de cachorrito desamparado? No te das ni cuenta y terminas cayendo en el mismo hoyo del que te ufanaste tanto de esquivar. No te le resistes, te encanta, ¿y qué?


Y claro. Llega el quiebre. “Es que jugó conmigo, con mis sentimientos”, “es que el muy hijo de su madre, tres veces mal nacido…” y mi frase favorita: “¿Cómo no me di cuenta de que solamente me estaba utilizando?”; la que alguna vez consideraste mirada de angelito, ahora te recuerda al mismísimo demonio. Y resulta que uno solita se metió en las patas de los caballos, nadie la obligó. Es más, lo más probable es que haya habido más de una amiga que haya advertido: “es un niño, no esperes mucho de él”. Pero en fin, es una piedra con la que toda mujer alguna vez tropieza. Y pucha que duele.

domingo, 8 de octubre de 2006

El Hombre y la Mujer en el Segundo Milenio

Desde el comienzo de la historia hasta hoy, 8 de Octubre 2006, ambos sexos han sufrido una serie de cambios vertiginosa. Según parece, en los comienzos de la historia hubo predominancia del matriarcado en algunas culturas. Posteriormente, en la parte de la historia que ya todos conocemos, esto se invirtió: el hombre era quien mandaba. Y esto no fue ni remotamente razonable: hubo culturas en las que la mujer no era más que un adorno de la casa. Era el bien más preciado, pero un bien más, no se le trataba como persona, con todas las de la ley; sino que era un bien más, intercambiable por bueyes, tierras o por lazos entre reinos. Así mismo, en la Polis Griega, las mujeres, al igual que los niños y esclavos, no eran consideradas ciudadanas. Pero con el paso de los años y siglos, esto fue cambiando. Y así fue como empezamos a votar, trabajar y ganar, paso a paso, nuestra independencia. Las mujeres, antes niñas indefensas que dependían del padre o marido, ahora son personas, ciudadanas autónomas, que pueden expresar lo que piensan y lo que sienten.
En los años de la colonia, y poco después también, era mal visto tener una esposa culta, educada e inteligente. Lo ideal era que fuera una tontita que se contentara con tecitos, en los cuales se juntaban a tejer, bordar y hablar de puntos, picadas, recetas…en fin, “cosas de mujeres”. El tiempo siguió corriendo, las que antes no eran más que tipas “solteronas”, con “modos masculinos”, decidieron “saltar del clóset”: no eran fracasadas, ni se les pasó el tren; simplemente son lesbianas. Y no es que misteriosamente a las mujeres les haya crecido el cerebro, simplemente empezaron a expresarse y las tontas dejaron de estar a la moda.
Y no sólo cambiaron ellas, sino que la concepción del hombre también. Mientras que en el comienzo de la historia, se ACEPTABA, ojo que no digo que se prefería ni que tenía que ser así, que el hombre fuera bruto, hediondo y peludo, era porque no quedaba otra. Las doncellas se veían obligadas a casarse con quien sus padres estimaran más conveniente, fuera o no un adefesio. Y probablemente las señoritas en cuestión se tenían que tragar las arcadas en la noche (porque ahí si que se pone fea la cosa) o su sentido del olfato moría al estar constantemente sometido a esta tortura. Ahora, que ya no dependen de los hombre, pueden elegir a su marido, y esto implica que tienen la posibilidad de aceptar o no si quieren pasar el resto de su vida con un hombre de las cavernas o si simplemente esperar a su príncipe azul, a su caballero de reluciente armadura. Antes no quedaba otra. Ahora ellas eligen.

Así los años siguieron su vuelo hasta que nos vemos en las décadas de los ’90 y el segundo milenio. Las féminas cada vez más exigentes, ya ni siquiera ponen en duda si amarrarse a el troglodita o no: simplemente no lo hacen. Ahora buscan realizarse profesionalmente además de hacerlo como mujeres.
Por parte de los hombres, hay muchos que son inseguros; inconscientemente sienten que con el nuevo prototipo ya no son suficientes. En los años de las cavernas podían demostrar su hombría y poder siendo el más fuerte, quien traía el sustento, dominando a los que tenía bajo su cargo. Mientras que ahora el tema se puso complejo: ya no basta con ser fuerte, ni proveedor. Tienen que ser perfectos: limpios, inteligentes, viriles, esforzados, exitosos, entre otras cosas. Y en ese éxito compiten contra las mujeres, ahora libres de todas las cadenas del machismo y creencias antiguas. En lo que concierne a ellas, como reacción a la historia que arrastran detrás, buscan parecerse cada vez a los hombres; ya no basta con los mismos derechos. Quieren ser iguales.

Entonces acá nos encontramos ante una gran interrogante que, sin duda, influirá en los hogares del siglo XXI: ¿hasta dónde llegar? ¿no se está, con esta revolución, perdiendo la esencia de mujer? Porque está bien querer surgir. Es lógico y obvio no tolerar que se les trate como seres inferiores, que se les degrade al punto de que sólo sirven en cuanto a que máquinas reproductivas, o que no se les permita desplegar sus capacidades. Todos, por el mero hecho de ser humanos, merecen la posibilidad de abrir las alas, despegar y sacar el máximo provecho de las capacidades de cada uno, cosa en la que nadie puede reemplazar a otro, a realizarse como persona. Pero tampoco hay que confundir los roles. A hombres y mujeres les corresponden los mismos derechos, responsabilidades y posibilidades, ok. Pero sus esencias son radicalmente distintas, por lo que no se puede esperar que lleven todo a cabo de la misma manera. No es posible. Por esencia, a la mujer le corresponde la feminidad. La mujer se caracteriza por ser toda alma, toda entrega y toda pureza. Él es el cazador, conquistador. Pero sin dejar, por ello, de lado la ternura. Sabiendo que la mujer es tierna, la conquista con detalles tiernos. Ella se preocupará de detalles como preocuparse de que la casa esté limpia, ordenada, que haya una comida rica para cuando él llegue. Lo esperará linda, lo recibirá con un beso tierno. Él, la sorprenderá con flores para el aniversario; la hará sentirse segura, amada, respetada. Ella lo hará sentir querido, acogido. Él sabrá que no hay nadie que lo comprenda mejor, que sepa cómo y cuándo. Y cada uno a su manera propia, original, única. Es el mismo hecho de que las esencias sean tan opuestas lo que permite que se complementen tan bien. Y el hecho de que ahora ambos sean igualmente libres, permite que puedan amarse tan plenamente, pues no hay nada que los fuerce a ello, sino que ahora es un acto de libertad radical, donde se pone toda la persona cuando ambos deciden unir sus vidas para siempre, frente a Dios y a toda la sociedad se comprometen a amarse.
¿Y en qué consiste esto en el matrimonio? Significa una constante conquista. Pues la aventura no termina cuando las maripositas se van, sino que recién ahí comienza, pues recién ahí empieza la tarea dura. Hay que conquistar al otro día a día, posponer los intereses propios por el bien del matrimonio y la familia, apoyarse, ser cómplices. No es tarea fácil. Menos ahora que las fuerzas políticas se han propuesto destruir a la familia. Tal vez la prohibición del divorcio alguna vez hizo que las parejas se esforzaran el doble en los momentos de crisis. Ahora “ya no es necesario”.
En fin. La cuesta que se yergue frente a los hombres y mujeres de este siglo, es más empinada que nunca. Pero hay que aprovechar todas las libertades con las que ahora contamos, pues tal vez nos permitan un triunfo mucho más glorioso que el alcanzado por los antepasados, pues ahora implica más que nunca ponerlo todo. Ya no está el yugo de la obligación. La libertad absoluta de hoy puede desperdiciarse de modo egoísta, como también puede hacernos triunfadores. Y eso está en la entrega.

domingo, 17 de septiembre de 2006

Mission: Imposible IV - Get a Date

Te invitan a un baile o evento y la tarjeta dice que lleves “pareja”… ¿Qué hacer?
Para las personas que gozan de popularidad o de una gran personalidad, esto no representa mayor problema; sino que simplemente se acercan y ponen manos a la obra. En cambio cuando de carece de éstas, el asunto no es tan simple, surgen interrogantes típicas, tales como “¿Qué le digo?”, “¿Cómo se lo digo?”, “¿Cuándo se lo digo?”, “¿Cómo me acerco?”, “¿Se pasará rollos?”; entre miles de otras.
Y mientras que a algunos sólo les toma cinco minutos acercarse tras ver al objetivo, a otros les toma al menos una semana atreverse a dar el paso.

En este punto viene el segundo escalón: la respuesta. Puede ser un simple “sí” o “no”. Como también pueden responder el odioso “lo pensaré”. ¿Cuál es la idea de expandir la duda por días y días? ¿Tan difícil era la respuesta?

Como anécdota, en la búsqueda de la que hablé en mi post anterior, hubo cinco candidatos. El primero me dijo que sí. A las dos semanas, más o menos, se complicó porque se puso a pololear. El segundo, respondió “bacán, yo feliz!”. A la semana volvió con la ex. El tercero tenía una invitación confirmada desde hace ya tiempo, así que no nomás. El cuarto, me respondió “lo pensaré”, para responder, más tarde, que pensándolo bien, no era apropiado que saliera a fiestas y todo eso porque parece que entrará al seminario. Al menos él se iba a cura y no se puso a pololear, es un “no” más original. Finalmente, invité a un compañero de curso que definitivamente sí va. Pero no deja de ser gracioso cómo se fueron dando las negativas y sus respectivos motivos.

En fin. No todos se enfrentan de la misma manera a las mismas variables. Hay quienes no les importa que la persona esté pololeando o no, total, “sólo es una fiesta”. Hay otros que simplemente les da lo mismo que les hayan dicho que no (y los hay quienes tampoco les importa el cómo les hayan dicho que no) y pasan al siguiente sujeto (¿O debiera decir víctima?).
Así mismo, hay personas que el primer “no” basta para inhibirlas y para “darse cuenta” de que en realidad “no quieren” ir con acompañante. Porque, la mayoría de las veces, la timidez suele ir combinada con una autoestima no muy alta que digamos. Entonces, por mucho que el otro responda “pucha, sorry, en verdad no puedo”; el sujeto pensará que en realidad el problema esté en él o ella.

Así mismo, los hay quienes se despiertan todas las mañanas pensando “hoy le digo”; miran matadoramente al espejo mientras dicen “ve por ello, matador!”; y, llegado el minuto de los “quiubos” se quedan mirando a la otra persona como si de un fantasma se tratase.

A veces todo esto me lleva a pensar que sólo Tom Cruise es capaz de llevar a cabo exitosamente misiones como éstas (y salir igual de limpio, peinadito e impecable que al comienzo). Para el resto…realmente complejo el asunto.