domingo, 10 de diciembre de 2006

Cierre de una etapa

Hoy, a las 14.15 hrs., murió un hombre. Al igual que cualquier día de cualquier año, en cualquier época. Pero con la diferencia de que él, como pocos, será parte de los libros de historia de las generaciones futuras, por lo honda de su huella en la historia de Chile: el general Augusto Pinochet.
No cabe duda de que su nombre no deja a nadie indiferente, ni siquiera en el extranjero. Muchos, muchísimos, lo ven como el tirano más siniestro de todos los tiempos. Otros, como un verdadero héroe. Y cada uno tiene sus razones para verlo así.
Todo partió con "Juan" Salvador Allende, cuando instauró el sistema socialista en Chile. Su "igualdad" para todos tuvo un precio: las famosas listas negras. En ellas figuraban los nombres de los terratenientes a los cuales quitarían sus terrenos para dárselos a los trabajadores. Hubo a quienes incluso los mataron. Y, claro, muchos fundos se fueron a pique, porque una cosa es saber trabajar la tierra y otra muy distinta saber administrar el fundo. En algunos casos, los trabajadores advirtieron a sus patrones de que vendrían tal día, y así alcanzaban a irse temporalmente a otra parte; hubo otros a quienes les pidieron que volvieran por este mismo asunto de administrar el fundo y llevar las cuentas.
Para qué decir la economía. Había que hacer colas ETERNAS para comprar, además de que las cantidades permitidas por familia, eran bastante reducida en proporción al número de integrantes.
En fin, frente a "la grande" que dejó Allende, para muchos Pinochet es un héroe.
Sin embargo, también están quienes de sólo oír ese nombre, sienten que se les revuelve el estómago. ¿En qué piensan? Ni modo, en el golpe militar y los detenidos desaparecidos. Esto fue realmente espantoso: por el mero hecho de ser comunista -o tener algo que ver con ese partido-, muchos murieron fusilados. Las escenas que se desarrollaban en torno a esto parecían sacadas directamente de una pesadilla: en medio de la noche, la casa se veía rodeada de hummers y helicópteros, a la par de que se oían las órdenes por altoparlante “que nadie se mueva; los hombres, salgan a la calle”; tras lo cual, mientras ellos eran registrados, los militares allanaban la casa buscando armas, folletos o cualquier cosa que tuviera que ver con el partido comunista; empujando, pateando y destruyendo lo que se pusiera a su paso.
Ahora bien, hay un “detalle” que me parece importante en esta parte de la historia: estos allanamientos no se dieron por igual en todo Santiago, sino que en zonas como la Gran Avenida y lugares de bajos recursos.
Esto no se puede dejar de tomar en cuenta, pues explica la gran brecha existente entre quienes idolatran a Pinochet y quienes lo odian. Ya que incluso los que le guardan rencor reconocen la mejora que hubo en la economía del país, durante su gobierno. Pero me da la impresión de que quienes lo consideran un santo, no están tomando el peso real del golpe militar.
Hay muchos que dicen agradecidamente “a mi abuelo lo iban a matar, pero los trabajadores de su campo le advirtieron a tiempo”, como también hay empresarios que miran a Allende con resentimiento por haberles quitado su empresa; pero no miran más que de reojo la otra cara de la moneda. Es claro, pueden considerarlo como un santo si sólo ven cómo arregló las "gracias" de Allende. Pero, por otra parte, dejó pasar cosas horribles. Desde el tema de allanamientos en la Gran Avenida hasta detalles menores, como obligar a todos los hombres a usar el pelo corto (como anécdota: a un familiar y a un primo suyo, los obligaron a bajarse del auto donde iban, para cortarles el pelo ahí mismo, en la calle). Ahora, en este punto el asunto no está del todo claro. Por una parte, Pinochet niega tener conocimiento de gran parte de las atrocidades cometidas, y está bien, cuando tienes millones de soldados bajo tu mando, no es posible saber qué hizo y qué no hizo cada uno de ellos. Pero, por otra, al general se le entregaba con cierta periocidad un informe que detallaba todo esto, el famoso informe Diana.
En fin, con el paso de los meses, el asunto empezó a ponerse color de hormiga. Empezaron a haber enfrentamientos en las calles e incluso en las universidades (por ejemplo, en la Pontificia Universidad Católica de Chile, a un estudiante lo mataron de un tiro porque, al ver a unos militares en el patio de la universidad, les gritó “¡pacos conchesumadre!”). Los militares estaban en todas partes, sembrando terror y tensión. En las calles se veían millones de cadáveres tirados en el suelo, como si se tratara de cáscaras de plátano; y por las noches pasaban camiones llenos de muertos.
A esto hay que sumarles los toques de queda. Nadie podía salir de su casa. Si había alguna emergencia médica, había que salir con bandera blanca y a una velocidad bajísima. Estaba absolutamente prohibido circular durante las horas de toque, so pena de ser fusilado. Si pillaban a alguien en la calle en horario de toque, al primer “¡Alto!” había que detenerse y dejarse registrar. Pero después quedaba a la merced del militar en cuestión.
En esos días, se usaba el Estadio Nacional como campo de reclusión para los enemigos políticos, a comienzo del régimen. Después fue usado también como campo de fusilamiento. Más de 40 mil personas murieron ahí.
Y las desgracias no se detenían, eran una seguidilla de hechos sangrientos. Es así como en el diario La Nación nos encontramos con cosas como éstas:


"El 4 de septiembre de 1984 fallece el sacerdote francés André Jarlan, luego que una bala traspasara su vivienda en la población La Victoria."



"El 30 de marzo de 1985 tres profesionales militantes del Partido Comunistas son degollados. Los cuerpos de Santiago Nattino, Manuel Guerrero y Jose Manuel Parada son encontrados cerca del aeropuerto."



"El 2 de julio de 1986 Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas fueron quemados por una patrulla militar. El joven perdió la vida y ella quedó gravemente herida."



Entre MUCHAS otras.

Y pensar que todas estas atrocidades fueron hace tan poco... No alcanzan a ser veinte años desde que comenzó todo el conflicto que acaba de cerrarse hoy. Sin embargo, creo que acá sería bueno hacer una pausa. ¿Nunca se han detenido a pensar que tal vez se conocen más los detenidos desaparecidos de la época del golpe, porque las familias de los "eliminados" durante la UP han hecho menos ruido? No lo sé, pero le daré el beneficio de la duda.
En fin, claramente este personaje fue un tirano. Fue siniestro y ambicioso como pocos (caso Riggs)...ok; mas tampoco
podemos dejar de tomar en cuenta -insisto- las cosas buenas que hizo el general. Me parece que no sería lo correcto ponerlo como el malo de la película. Allende tampoco fue un santo, él expresamente mandó a eliminar a muchísimas personas. Creo que simplemente, son los dos extremos de un péndulo que por fin parece acercarse a su centro. Ambos humanos, con virtudes y defectos.
Y ya que son humanos, creo que ambos se merecen una oportunidad. Todos tienen derecho a ser perdonados, más allá de cuán terrible haya sido lo hecho.
Y si bien es cierto que las víctimas y, en general, los hijos de esa época probablemente no olvidarán, eso no quita lo anterior.
Espero que ambos descansen en paz.
Adiós, General.

viernes, 1 de diciembre de 2006

¿Culpable? ¿¿¿Yo???

Todos –o al menos los “todos” de índole humano- alguna vez hemos sentido culpa. Y si entramos al promedio de nuestra especie, nos daremos cuenta de que no sólo alguna, sino que muchas veces. Y sin que necesariamente sea nuestra culpa. Ahora bien, hay que distinguir hasta qué punto este sentimiento lo podemos considerar normal o correcto.
Si nos fijamos en los niños chicos, no es que sea precisa y exactamente un sentimiento de culpabilidad, pero sí una sensación de que fue a causa de ellos. Siendo más exacta, no les remuerde la conciencia por lo ocurrido, pero sí creen que es culpa de ellos en cuanto a que están seguros de que tal hecho realmente fue provocado por algo que ellos hicieron.
Por ejemplo, cuando los padres se divorcian. No es poco usual que los niños traten de negociar el asunto: “No te vayas, te prometo que ahora me portaré bien y me comeré toda la comida” o “No pelearé más con mi hermanito” y cosas por el estilo; y es que aún no se dan cuenta de que el mundo no gira en torno suyo.
Y perfectamente puede ser que la pareja se lleve mal, porque no se conocieron lo suficiente durante el pololeo y ahora no se soportan, lo cual claramente no es la culpa de los niños, pero ellos lo ven así.
Un ejemplo más cercano, es el de una señora que conozco, que a sus más de cuarenta años, sigue pensando que su papá se fue de la casa por su culpa. Y, simplemente, no lo ha podido superar. Racionalmente, sabe que no fue nada que ella haya hecho; pero no deja de sentirse culpable. Y esto se da en la mayoría de los casos, a menos que el niño sea de los que los psicólogos del colegio califican como “niño poco empático”, de ésos que no les importa realmente el otro, porque no logran crear vínculos afectivos de ningún tipo. Son de esas personalidades que pueden matar a sangre fría sin que les altere de ningún modo. Ahora, considero importante aclarar que últimamente está muy de moda en los colegios calificar a los niños como “poco empáticos” porque no están dispuestos a socializar con la psicóloga del establecimiento.

Pero seamos realistas, ¿A quién le resultaría fácil abrir su corazón o contar “intimidades” a una señora o señor que –como mucho- haz visto un par de veces en el pasillo, y que, de pasada, su plástica sonrisa te recuerda a It el payaso? Entonces muchas veces se da que, dado que el niño se muestra indiferente ante los miles de kilos de azúcar con los que los personajes en cuestión cargan sus palabras, lo evalúan como “niño poco empático”. No es tan sencillo el asunto. Para ese tipo de cosas, mejor remitirse al vínculo que lo une a otros coetáneos. Si tiene, bien. Si no hay vínculo afectivo…mejor preocuparse.
Pero avancemos un poco más. Ya más entrada la adolescencia, el “obvio que fue por la vez que hice tal cosa”, se transforma gradualmente en una gran y tortuosa interrogante: “¡¿Qué hice?! ¡¿Qué no hice?!”. Y…sí. Todavía en esta etapa se siente el divorcio de los padres como si fuera culpa de ellos, con la diferencia de que ahora simplemente no saben qué ni porqué. Y no sólo eso, sino que esta es la edad por excelencia en que se actúa más impulsivamente y, por esas ironías de la vida, es la edad en la que más culpa se siente. Al menos al niño chico mientras no le afecte directamente, no le importa. Ahora sí importa. Importa mucho. ¿El tipo a quien le dijiste que no querías bailar con él en la graduación –y no muy amablemente, que digamos- resulta que ahora tiene depresión? Es tu culpa. No tienes del todo claro el motivo por el que un rechazo tan simple, si bien antipático, pueda ser tan terrible; pero es lo único que haz hecho, así que debe ser por eso. O, otro ejemplo real, tu papá te manda a hacer la cama y no la haces porque te da lata. Y cuando vuelves, te das cuenta de que él te la hizo, tras lo cual te sientes culpable todo el día.
Los años siguen pasando, y en la medida que creces te vas haciendo conciente de lo que ocurre a tu alrededor y te vas responsabilizando de tus propios actos. Y, de paso, ahora el sentimiento de culpa versión 2.0 tiene “new features” puedes escoger dos modalidades en la culpabilidad: con remordimiento o con duda (te sientes culpable –o te culpan- y no sabes qué diantres hiciste mal…o al menos no logras comprender en qué punto eso pasó a ser malo).
Y así, la vida pasa, los años se van, las experiencias quedan. Te vas dando cuenta de que hay cosas por las que no vale sentirse culpable. Cada vez hay más situaciones que te dan más razones para sentirte culpable y en cada una te das cuenta más rápido que no lo es, e inmediatamente encuentras un motivo para no hacerlo.
De modo que nos encontramos con una situación sumamente curiosa (y no deja de ser chistoso). Si se puede considerar como culpabilidad un sentimiento de una duración inferior a 1.5 segundos; entonces, con el paso de los años cada vez hay más sentimientos de culpa revolviendo el gallinero de nuestra cabeza, pero, al mismo tiempo, cada vez tenemos más y mejores excusas para justificar que no es nuestra culpa o, al menos, para hacernos los desentendidos.