
Todas –o casi- han pasado por esto en algún momento de su vida, y las que no lo han hecho, lo más probable es que también se tropiecen con esta atractiva piedra: salir o –lo que es peor- pololear con un hombre menor. Al comienzo resulta hasta sexy sentir esa brisa de aire fresco que las energías juveniles transmiten, pero el problema comienza cuando sueltas las riendas al corazón: mientras que uno busca la estabilidad y seriedad de una relación adulta, el niño está recién descubriendo el néctar de las relaciones (que, en realidad, no suelen ser más que aventuras) amorosas. Uno comienza a proyectarse, él piensa que quiere más experiencia; lo cual, en buen chileno, es “quiero agarrarme más minas antes de siquiera pensar en la posibilidad de algo serio y duradero”. Y cuando esta diferencia empieza a hacerse más evidente, llegan los quiebres. Y acá están las típicas y nunca bien ponderadas frases clichés como “es que no eres tú, soy yo”, “siento que me estoy cortando las alas”, “ya no soy el mismo de antes”, etc., etc. …

Y la mujer en cuestión, se parte la cabeza pensando en qué hizo mal, qué hizo y qué no hizo; los pensamientos culpables llegan como una avalancha a saturar la mente. Y es inevitable. Pues por mucho que se las den de temerarias, liberales y modernas, diciendo “Nah, si no quiero nada serio…¿proyección? Pfff! Dejemos eso para más adelante; quiero algo serio, pero no taan serio; no quiero enamorarme ni menos proyectarme a otro nivel” o jurando de guata de que “No pienso volverme a enamorar, ¡jamás! Quiero un pololeo relajado, tranquilo, pero no quiero calentarme la cabeza pensando en algo más, como tampoco quiero arriesgarme a otra desilusión”. Seguro! A los tres meses de pololeo ya empiezas a pensar que da lo mismo, puedes relajarte un poquito afectivamente, no estar controlando lo que sientes no implica necesariamente terminar perdidamente enamorada de él. ¡Mentira! Es cosa de que pasen otros tres más y ya pensaste hasta qué nombre le pondrías a tu cuarto hijo con él.
Claro, en comparación a sus amigas eres top; pues tú ya tienes licencia hace rato, mientras que ellas con suerte están haciendo el curso; te queda menos tiempo para egresar de la universidad que a todo su grupo social, o al menos ya estás haciendo la práctica mientras que ellos se queman las pestañas estudiando para los ramos introductorios; tienes algunos pesos, porque a estas alturas de la vida ya asumiste que la mesada simplemente no alcanza, así que te pusiste las pilas y empezaste a producir, no así sus flamantes coetáneas. Entonces…¿qué tienen ellas que no tenga yo?, me preguntarás. Simple. Menos años encima, menos seriedad y no están ni ahí con tener relaciones serias antes de los 25. Y eso, para tu joven galán, es una garantía de no-compromiso, cosa que suma un gran atractivo a la fémina en cuestión. Tú puedes ser inteligente, tener licencia, algunos pesos extra, más experiencia, más sabia, lo que quieras; cuentas con todos los plus que te da el paso de los años, pero eso no le interesa sino que a los hombres adultos. Y entiendo por esto a un hombre que tenga al menos dos años más que tú. Así que asume: si quieres tener una aventura con un niño (pues si no tiene al menos dos años más que tú, no es más que un niño), es fácil pronosticar el futuro: serás su más preciado trofeo, puede que hasta te luzca frente a sus amigos, pues no hay hombre que no fantasee con tener alguna relación con una mujer mayor; para qué decir si además eres linda e inteligente. Pero nada más. No esperes ser más que un trofeo, no es lo más usual que quieran algo serio a tan temprana edad. Mas, si te pones en la situación, ¿cómo resistirse a las fogosas energías jóvenes? ¿cómo decir que no a esos maravillosos ojos de cachorrito desamparado? No te das ni cuenta y terminas cayendo en el mismo hoyo del que te ufanaste tanto de esquivar. No te le resistes, te encanta, ¿y qué?

Y claro. Llega el quiebre. “Es que jugó conmigo, con mis sentimientos”, “es que el muy hijo de su madre, tres veces mal nacido…” y mi frase favorita: “¿Cómo no me di cuenta de que solamente me estaba utilizando?”; la que alguna vez consideraste mirada de angelito, ahora te recuerda al mismísimo demonio. Y resulta que uno solita se metió en las patas de los caballos, nadie la obligó. Es más, lo más probable es que haya habido más de una amiga que haya advertido: “es un niño, no esperes mucho de él”. Pero en fin, es una piedra con la que toda mujer alguna vez tropieza. Y pucha que duele.
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