Definitivamente, éstas han sido las dos semanas de las “hormigas cabezonas”. Y creo que el primer lugar se lo lleva –y con honores- mi torpe y reciente caída por las escaleras.Iba subiendo, con mi café frío en una mano y el pocillo con cereales en la otra, cuando a una hormiga cabezona se le ocurrió pararse en un escalón; con la siguiente escena como resultado: a la par que yo me iba hacia el lado y me pegaba un costalazo contra la pared, los cereales volaron por el aire, escarchando la escalera, y el café también voló, y estalló contra la pared.
Y todo esto, en unos pocos segundos. Claro, cuando me vi que el contenido de la taza se había reducido a la mitad (para qué decir el pocillo), pude adivinar lo que medio segundo después descubriría mi mirada: mientras la escalera y pared estaban manchadas con café, las hojuelas habían escarchado los escalones que estaban frente a mí. Literalmente, “llovió café en el campo”. Algo así como una mezcla entre Juan Luis Guerra y uno de los primeros comerciales de Chocapic (de ésos en los que una ola de chocolate baña todo el campo de trigo, que en este caso sería mi escalera escarchada).

Ahora bien, si el costalazo fue doloroso, no esperé a compararlo con lo que me esperaría si mi mamá descubría eso, no señor. De modo que de inmediato se aplicó paño húmedo y aspiradora; y gracias a la ayuda recibida, fue posible limpiar este caos CASI a la misma velocidad a la que se produjo. Y hasta tiene un lado bueno: la escalera quedó fresquita, ideal para el calor.
El segundo lugar, se lo lleva una anécdota un poco más añeja.
Hace años atrás, mi abuela contrató a una nana que medía como 1'50; cosa que probablemente facilitó el trabajo a las hormigas éstas. Un día, estaba mi abuela almorzando con la familia. Terminan el postre, tocan el timbre. Aparece la nana con la bandeja; pero cuando se encontraba a unos 3 mts. de la mesa, se tropieza y resbala, pero lo anecdótico está en que cuidó tanto de que no cayera la bandeja, que llegó de un solo impulso -gracias al tropezón-, sobre su espalda y con la bandeja con las tazas, perfectamente horizontal.

Finalmente, el tercer lugar se lo lleva mi madre; que se tropezó cuando llevaba un batido sabor a chocolate en la mano. Resultado: durante todo un día, fue una delicia entrar a su pieza. Todo impregnado con el olor a chocolate.

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