sábado, 11 de noviembre de 2006

La Paradoja del Tiempo

El tema del tiempo abarca más de lo que parece. Pero en este post me voy a centrar en el tiempo humano.
La mayoría ha oído hablar del tiempo interno y externo. Una cosa es la posición de las agujas y otra, muy distinta, es la propia percepción que se tenga de su curso. Esto se ve más claramente en el hecho de que EXACTAMENTE los mismos dos meses de vacaciones para un alumno universitario se hagan un suspiro, mientras que para uno de primer ciclo básico, sean increíblemente eternos. Hasta el punto de ser aburridos, por lo que no es raro oír al niño decir que ya quiere entrar a clases; y, cuando está en clases, que quiere salir.
Con el paso de los años, estos van acelerando su vuelo. De hecho, uno comienza a hacerse consciente de que envejece, no sólo por cosas como que tus primos chicos (o, peor aún, tus sobrinos) empiezan a pedirte cigarros, sino que porque la cantidad de velitas aumenta año tras año, y porque cada vez es más pequeña la brecha entre uno y otro. Y, sin embargo, los 365 días tienen exactamente las mismas 24 horas, de 60 minutos cada una, etc. Y esto se debe a que la percepción que se tiene del tiempo externo, es inversamente proporcional a la velocidad de cambios que ocurren al interior del sujeto.
Ahora, el tiempo interno cuenta con la variable de que es absolutamente distinta en cada individuo. Esto es observable en que mientras que para unas personas “un ratito” o “poco rato” no son más de 10 minutos; para otras, es algo absolutamente relativo a lo entretenida de la conversación, o a las ofertas que haya en vitrina, entre otras cosas. Nunca falta la clásica situación en que la mamá te va a buscar a la casa de una amiga, te hace bajar tus cosas y JUSTO cuando están en la puerta, se pone a conversar con la dueña de casa. Frente a eso puedes hacer dos cosas: 1) “anunciar” de que estarás arriba hasta que terminen de conversar (escena que se repetirá al menos cinco veces antes de que, efectivamente, se vayan; de modo que estarás unos 30 minutos esperando, de pie ante la puerta) o 2) dejar tus cosas en la entrada y subir sigilosamente, lo cual te dará al menos media hora de gracia. Y lo digo por experiencia, funciona.
Otro fenómeno en el que se observa esta variable, es cuando uno queda en juntarse con alguien. “¿A que hora nos juntamos?” “En la tarde…o, mejor, en la tarde-noche”. Y claro, “tarde-noche” abarca desde las 18.00 hasta las 21.30-22.00 (ya que ahora oscurece más tarde). Bueno, sería peor si dijeran “En la tarde”, porque ahí el tema se expandiría de 14.00 a 21.30; y esa espera sí que sería una lata.
O para qué decir en el shopping. Vas con tu mamá, llama el papá preguntando a qué hora vuelven y ella, tranquilamente dice “No te preocupes gordo, estaremos allá en la casa en un ratito; si sólo vinimos a ver un par de cositas, así que espérennos para almorzar”. No me digan ahora que no conocen el desenlace: llegan a la sección de ropa, buscando “sólo y exclusivamente” un par de poleras, pero descubren que los jeans y los polerones están en oferta. Acá hay dos finales “a elegir”: te unes a la causa y empiezas también a revolver entre los montones de ropa, de modo que el “ratito” pasa a ser al menos dos horas; o puedes poner cara de hastío y empezar a catetear, “yapo, mamá, si sólo vinimos a comprar dos poleras y ya las tenemos; aparte de que en la casa se van a enojar…vámonos…”. Lo más probable, en el caso de que optes por la segunda alternativa (que es lo que suelen hacer los adolescentes de entre 13 y 16 años, por lo general), es que ella te mire con ojos de “cría cuervos y te arrancarán los ojos” o “criatura desagradecida”, a la par de que te dice, con voz sentida, “cómo puedes ser tan desagradecida, te traje para que te compres algo lindo, te ofrezco llevar algo más y tú sólo respondes siendo súper pesada; vas a tener que aguantarte porque, al menos yo, voy a aprovechar de ver lo que está en oferta. Y si después te arrepientes de no haber llevado algo, no alegues porque no te vuelvo a traer” y, en ese caso, la demora es mucho mayor. Claro, una de las cosas que se aprenden con la edad es que tener una mente abierta (aunque no demasiado, porque se pueden caer los sesos –es una metáfora-), paciencia, buena disposición y aprovechar las ofertas siempre traerá buenos resultados. Aparte, admitámoslo, si no eres de esas personas que gustan de ir al mall a vitrinear y revolver en las rumas de ropa, éste es el tipo de ocasión en que tendrás una linda tenida nueva. O ahora o nunca. Porque, para qué nos vamos con cuentos, es una lata ir a esos lugares atestados de gente, con música a todo volumen, estar mucho, pero MUCHO rato revolviendo, para después hacer una fila ETERNA en el momento de pagar. Y eso después de haber caminado miles de kilómetros antes de encontrar la tienda cuya ropa cumpla con la regla de oro, las tres B: buena, bonita y barata. O sea, al menos yo no estoy dispuesta a pagar $20 000 pesos por un simple par de jeans.
Como para cerrar, lo más irónico del tiempo es que la velocidad en que transcurre es inversamente proporcional a cuán bien lo estás pasando. Tal cual. Cuando lo estás pasando increíblemente bien, pasa increíblemente rápido. Y cuando no puedes estar más aburrida, no puede pasar más lento. Ni aunque le paguen por ello.

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