martes, 31 de octubre de 2006

Alcohol y Drogas en la Adolescencia

No es fácil ser adolescente. De hecho, es una etapa que se “adolece” casi en solitario. Y digo casi, porque una de las cosas más importantes a esa edad, es el grupo. Efectivamente, se está en algo así como una manada, donde cuentas con dos opciones: o te adaptas o te quedas atrás. Y esto no es difícil cuando se está en una misma “parada”, en “buena onda”. El problema aparece cuando no sólo hay diferencia entre los integrantes, sino que además estas diferencias se ubican en el nivel “valores intransables”.

Recuerdo que mi mejor amiga y yo nos juntábamos con un grupo de niñas de nuestra edad, del Francisco de Asís (para entonces nosotras estábamos en el Nazaret) y unos jóvenes de los colegios San Ignacio del Bosque y Verbo Divino. Al comienzo se daba la típica situación de las niñas cuchicheando en un lado de la pieza y los hombres en las mismas, pero al otro lado de la pieza. Pero eran “niños bien”. Mas, con el paso de los años, el grupo fue cambiando (decir “evolucionando” no sería fiel a la realidad). En la segunda etapa de este grupo, empezaron a abundar los campanilleos de botella durante los fines de semana. Y claro, como miembro de la manada, o me adaptaba o me quedaba atrás. Y si a eso le sumamos el factor que para entonces estaba en una constante pugna por el liderazgo con otra niña (éramos, respectivamente, la antítesis la una de la otra), así que me adapté. Y bien cierto es cuando dicen que la cerveza es un gusto adquirido: pucha que la encontré mala cuando la probé por primera vez. Pero no era algo que me molestara, además de que tenía un “no-sé-qué” que me ayudaba a bailar con más soltura cuando salíamos. Mas, aun así, empecé a quedarme atrás.

Con el paso del tiempo, mis amigas empezaron a llenar el vaso más seguido; de modo que el ambiente se prendía notablemente a eso de las 22.30, por lo general. Pero aún era llevable, si bien era una lata verlos en ese estado. Ahora bien, creo que la escena más triste, era ver a mis amigas riéndose de cualquier tontera por efectos del alcohol; o ver cómo estos personajes aprovechaban de ser más “cariñosos”, poniendo la mano en el límite mismo de la espalda o haciendo que ellas se sentasen en sus rodillas. Y no lo voy a negar: me enorgullezco de no haber cedido nunca. Ellos mismos me trataban de una manera diferente.

Pasó un año más. Nunca olvidaré ese año nuevo 2001-2002. Fuimos a la rotonda Pérez Z. La fiesta prometía. Además de que iba el niño objeto de mis desvelos, no podía ser mejor el asunto. Tres ambientes, bar abierto toda la noche, miles de personas. Conforme pasaban las horas, algunos del grupo fueron cayendo en la pista, otros simplemente no pasaban del nivel “random” de borrachera. Yo era la única 100% sobria, de modo que me tocó la latosa tarea de ir recogiendo lo que quedaba de mis “amigos” y ubicarlos más a la orilla, no fuera a ser que los pisen. Creo que lo único más triste que ver a una de mis “amigas” vomitando y durmiendo a la orilla de la pista de baile, fue pasarme las últimas horas de la fiesta en otra orilla, cuidando al que me gustaba. En esas dos horas tuve miles de sentimientos encontrados: por un lado, me agradaba poder cuidarlo yo, pero sabía que no sería conciente de ello a menos que le contaran. Y que aun así, ese momento tan penoso (no es precisamente mi idea de minuto romántico) probablemente sería el único tan “cercano”. ¿Tal vez por mi propia timidez? No lo sé. Lo único que sé es que la primera y última vez en que tuve su cabeza apoyada en mis piernas, mientras lo arropaba con un echarpe que me habían regalado esa navidad, para que no se enfríe (eran como las 07.30). Sólo me separé de él, tras encargárselo unos minutos a otro amigo, para ver qué tal estaba otro personaje, que había caído a eso de las 02.00 y que dejé en la enfermería que había dentro de la instalación. Luego, volví a mi puesto anterior. Nunca me había emborrachado, pero al verlo a él, inconsciente, sintiéndose mal…ver ese cuadro tan triste, reafirmó mi propósito de jamás, en la vida, emborracharme. Y con gran orgullo lo he logrado.

En Febrero 2002, mis “amigas” se fueron a un departamento de Viña con estos personajes…pero diciéndoles a sus papás que se iban al campo de una de ellas, con la familia. Yo esto lo supe porque me había ido con otras dos a una casa en Concón, y nos las encontramos en la playa, que fue donde nos enteramos de todo esto. El ambiente era súper desagradable: con la excusa de que tenían la confianza de “hermanos”, hacían cosas que uno no haría (ni permitiría que hicieran) JAMÁS con los verdaderos hermanos. Con decir que los límites de la espalda se cayeron al son de la fuerza de gravedad y que ellos las tomaban de la cintura como quien pasa el brazo tras los hombros, estoy diciendo lo mínimo. Su rutina diaria consistía en despertar a eso de las 13.00, ir al Mc Donnald’s, jugar cartas, comprar trago y ahí quedaban dos opciones (que solían alternar): ir a la discotheque en Reñaca o, simplemente, emborracharse hasta caer al piso. Y una vez en ésas, jugaban a la botella (pero los besos no eran simples toponcitos) y hacían cosas por el estilo. Recuerdo que casi muero cuando entré a ese departamento: el humo ya parecía una jalea tóxica por lo denso y concentrado, además de que el olor a alcohol amenazaba con pegarse a la ropa. Fue en ese ambiente de “hermandad” donde empecé a separarme, de a poco, de esta “manada” (que para esas alturas ya parecían animales por lo poco racional de su actitud).

Y los años 2002-2003 esto se remató con broche de oro. El grupo había cambiado nuevamente: ya no nos juntábamos con hombres de nuestra edad, sino que una generación más arriba. El tema de la concentración de alcohol por litro de sangre si no era igual era peor, y ahora se sumó un factor más: la droga. Nunca olvidaré la espeluznante ocasión en que la “bacán” del grupo (para entonces yo ya estaba bastante alejada y me conocían más como la que no solía hablar mucho –por no decir que, prácticamente, nada-) o, mejor dicho, la más “liberal”, por ponerlo más finamente; dijo que uno de estos personajes (uno con nombre y apellido) “curado maneja mejor, y mejor todavía si va curado y volado”. Se me congeló la sangre tan sólo escuchar esto. De las quince personas que éramos, sólo unos cuatro de ellos manejaba. De nosotras, ninguna. Y de ellos, sólo dos eran lo suficientemente responsables como para no tomar cuando iban manejando y, lamentablemente, no iban siempre en auto. ¿Cómo decirle a los papás que EN VERDAD no es por floja ni dejada que les pido que me vayan a buscar, en vez de conseguirme con alguno de los que estaba ahí? A esa edad ya asumen que nuestros amigos nos llevan, así que no les hace mayor gracia que a cada rato les pidamos transporte.

Para entonces no me resultaba raro tener como música de fondo en las juntas las grotescas risotadas, efecto típico del trago. Siendo la única sobria, no era raro que me confinara a algún rincón en silencio; con un vaso de Coca Cola Light en una mano, y un Kent One en la otra. Y tampoco era raro ver a alguno de esos personajes con los ojos hinchadísimos. Estaba claro que no era que curiosamente les había entrado mugre en ambos ojos y que los últimos cinco minutos se los hayan restregado lo suficientemente fuerte como para quedar así. De modo que o los había mordido Drácula y se convirtieron en vampiros sedientos de sangre, o, lo que era la triste realidad, se habían estado fumando sus porros al fondo del patio. ¿Qué hacer al respecto? Al fin y al cabo yo estaba sola. Y no es que fuera la única relativamente centrada (dentro de lo que se puede…Jajaja…), sino que era la única que no se dejaba llevar por la corriente. El que esta situación empezara a repetirse de modo casi constante, fue la gota que rebalsó el vaso: ahí me separé definitivamente de ese grupo, al menos en lo que a sus extrañas salidas se refería. Iba sólo de vez en cuando con ellos, si bien me seguía juntando con ellas en los recreos. Me daba una lata inmensa ir, por lo que al final casi ni me llamaban. Y tampoco me importó mayormente.
Y esta triste realidad es cada vez más común en los adolescentes. Cada vez son menos los que se alejan de esto. La mayoría o “se hace el tonto” o se deja llevar por el resto del grupo. No es fácil oponerse, y lo digo con conocimiento de la causa. ¿Qué hacer cuando eres el único en desacuerdo? ¿Los sigues o te quedas solo? La soledad quema, más aún a esa edad. Pero ¿quiénes están dispuestos a pagar ese precio por una coherencia con lo que late en el fondo de su ser? Porque el tema es igual que cuando tu primer cigarro es uno de los fuertes: no te gusta el sabor, sabes a ciencia cierta lo dañino que es, pero el tema de la aceptación social puede llevarte más allá de eso. Es así como empecé a fumar a los 14 años; a esa edad no estaba tan conciente, como lo estuve después, de las consecuencias que tiene el dejarse llevar con tal de adaptarse a la manada. Y la misma historia se repite, aumentando su redoble, generación tras generación, a una edad cada vez menor.

jueves, 26 de octubre de 2006

Profanacion de Cuna: el Clasico Porrazo Femenino


Todas –o casi- han pasado por esto en algún momento de su vida, y las que no lo han hecho, lo más probable es que también se tropiecen con esta atractiva piedra: salir o –lo que es peor- pololear con un hombre menor. Al comienzo resulta hasta sexy sentir esa brisa de aire fresco que las energías juveniles transmiten, pero el problema comienza cuando sueltas las riendas al corazón: mientras que uno busca la estabilidad y seriedad de una relación adulta, el niño está recién descubriendo el néctar de las relaciones (que, en realidad, no suelen ser más que aventuras) amorosas. Uno comienza a proyectarse, él piensa que quiere más experiencia; lo cual, en buen chileno, es “quiero agarrarme más minas antes de siquiera pensar en la posibilidad de algo serio y duradero”. Y cuando esta diferencia empieza a hacerse más evidente, llegan los quiebres. Y acá están las típicas y nunca bien ponderadas frases clichés como “es que no eres tú, soy yo”, “siento que me estoy cortando las alas”, “ya no soy el mismo de antes”, etc., etc. …

Y la mujer en cuestión, se parte la cabeza pensando en qué hizo mal, qué hizo y qué no hizo; los pensamientos culpables llegan como una avalancha a saturar la mente. Y es inevitable. Pues por mucho que se las den de temerarias, liberales y modernas, diciendo “Nah, si no quiero nada serio…¿proyección? Pfff! Dejemos eso para más adelante; quiero algo serio, pero no taan serio; no quiero enamorarme ni menos proyectarme a otro nivel” o jurando de guata de que “No pienso volverme a enamorar, ¡jamás! Quiero un pololeo relajado, tranquilo, pero no quiero calentarme la cabeza pensando en algo más, como tampoco quiero arriesgarme a otra desilusión”. Seguro! A los tres meses de pololeo ya empiezas a pensar que da lo mismo, puedes relajarte un poquito afectivamente, no estar controlando lo que sientes no implica necesariamente terminar perdidamente enamorada de él. ¡Mentira! Es cosa de que pasen otros tres más y ya pensaste hasta qué nombre le pondrías a tu cuarto hijo con él.

Claro, en comparación a sus amigas eres top; pues tú ya tienes licencia hace rato, mientras que ellas con suerte están haciendo el curso; te queda menos tiempo para egresar de la universidad que a todo su grupo social, o al menos ya estás haciendo la práctica mientras que ellos se queman las pestañas estudiando para los ramos introductorios; tienes algunos pesos, porque a estas alturas de la vida ya asumiste que la mesada simplemente no alcanza, así que te pusiste las pilas y empezaste a producir, no así sus flamantes coetáneas. Entonces…¿qué tienen ellas que no tenga yo?, me preguntarás. Simple. Menos años encima, menos seriedad y no están ni ahí con tener relaciones serias antes de los 25. Y eso, para tu joven galán, es una garantía de no-compromiso, cosa que suma un gran atractivo a la fémina en cuestión. Tú puedes ser inteligente, tener licencia, algunos pesos extra, más experiencia, más sabia, lo que quieras; cuentas con todos los plus que te da el paso de los años, pero eso no le interesa sino que a los hombres adultos. Y entiendo por esto a un hombre que tenga al menos dos años más que tú. Así que asume: si quieres tener una aventura con un niño (pues si no tiene al menos dos años más que tú, no es más que un niño), es fácil pronosticar el futuro: serás su más preciado trofeo, puede que hasta te luzca frente a sus amigos, pues no hay hombre que no fantasee con tener alguna relación con una mujer mayor; para qué decir si además eres linda e inteligente. Pero nada más. No esperes ser más que un trofeo, no es lo más usual que quieran algo serio a tan temprana edad. Mas, si te pones en la situación, ¿cómo resistirse a las fogosas energías jóvenes? ¿cómo decir que no a esos maravillosos ojos de cachorrito desamparado? No te das ni cuenta y terminas cayendo en el mismo hoyo del que te ufanaste tanto de esquivar. No te le resistes, te encanta, ¿y qué?


Y claro. Llega el quiebre. “Es que jugó conmigo, con mis sentimientos”, “es que el muy hijo de su madre, tres veces mal nacido…” y mi frase favorita: “¿Cómo no me di cuenta de que solamente me estaba utilizando?”; la que alguna vez consideraste mirada de angelito, ahora te recuerda al mismísimo demonio. Y resulta que uno solita se metió en las patas de los caballos, nadie la obligó. Es más, lo más probable es que haya habido más de una amiga que haya advertido: “es un niño, no esperes mucho de él”. Pero en fin, es una piedra con la que toda mujer alguna vez tropieza. Y pucha que duele.

domingo, 8 de octubre de 2006

El Hombre y la Mujer en el Segundo Milenio

Desde el comienzo de la historia hasta hoy, 8 de Octubre 2006, ambos sexos han sufrido una serie de cambios vertiginosa. Según parece, en los comienzos de la historia hubo predominancia del matriarcado en algunas culturas. Posteriormente, en la parte de la historia que ya todos conocemos, esto se invirtió: el hombre era quien mandaba. Y esto no fue ni remotamente razonable: hubo culturas en las que la mujer no era más que un adorno de la casa. Era el bien más preciado, pero un bien más, no se le trataba como persona, con todas las de la ley; sino que era un bien más, intercambiable por bueyes, tierras o por lazos entre reinos. Así mismo, en la Polis Griega, las mujeres, al igual que los niños y esclavos, no eran consideradas ciudadanas. Pero con el paso de los años y siglos, esto fue cambiando. Y así fue como empezamos a votar, trabajar y ganar, paso a paso, nuestra independencia. Las mujeres, antes niñas indefensas que dependían del padre o marido, ahora son personas, ciudadanas autónomas, que pueden expresar lo que piensan y lo que sienten.
En los años de la colonia, y poco después también, era mal visto tener una esposa culta, educada e inteligente. Lo ideal era que fuera una tontita que se contentara con tecitos, en los cuales se juntaban a tejer, bordar y hablar de puntos, picadas, recetas…en fin, “cosas de mujeres”. El tiempo siguió corriendo, las que antes no eran más que tipas “solteronas”, con “modos masculinos”, decidieron “saltar del clóset”: no eran fracasadas, ni se les pasó el tren; simplemente son lesbianas. Y no es que misteriosamente a las mujeres les haya crecido el cerebro, simplemente empezaron a expresarse y las tontas dejaron de estar a la moda.
Y no sólo cambiaron ellas, sino que la concepción del hombre también. Mientras que en el comienzo de la historia, se ACEPTABA, ojo que no digo que se prefería ni que tenía que ser así, que el hombre fuera bruto, hediondo y peludo, era porque no quedaba otra. Las doncellas se veían obligadas a casarse con quien sus padres estimaran más conveniente, fuera o no un adefesio. Y probablemente las señoritas en cuestión se tenían que tragar las arcadas en la noche (porque ahí si que se pone fea la cosa) o su sentido del olfato moría al estar constantemente sometido a esta tortura. Ahora, que ya no dependen de los hombre, pueden elegir a su marido, y esto implica que tienen la posibilidad de aceptar o no si quieren pasar el resto de su vida con un hombre de las cavernas o si simplemente esperar a su príncipe azul, a su caballero de reluciente armadura. Antes no quedaba otra. Ahora ellas eligen.

Así los años siguieron su vuelo hasta que nos vemos en las décadas de los ’90 y el segundo milenio. Las féminas cada vez más exigentes, ya ni siquiera ponen en duda si amarrarse a el troglodita o no: simplemente no lo hacen. Ahora buscan realizarse profesionalmente además de hacerlo como mujeres.
Por parte de los hombres, hay muchos que son inseguros; inconscientemente sienten que con el nuevo prototipo ya no son suficientes. En los años de las cavernas podían demostrar su hombría y poder siendo el más fuerte, quien traía el sustento, dominando a los que tenía bajo su cargo. Mientras que ahora el tema se puso complejo: ya no basta con ser fuerte, ni proveedor. Tienen que ser perfectos: limpios, inteligentes, viriles, esforzados, exitosos, entre otras cosas. Y en ese éxito compiten contra las mujeres, ahora libres de todas las cadenas del machismo y creencias antiguas. En lo que concierne a ellas, como reacción a la historia que arrastran detrás, buscan parecerse cada vez a los hombres; ya no basta con los mismos derechos. Quieren ser iguales.

Entonces acá nos encontramos ante una gran interrogante que, sin duda, influirá en los hogares del siglo XXI: ¿hasta dónde llegar? ¿no se está, con esta revolución, perdiendo la esencia de mujer? Porque está bien querer surgir. Es lógico y obvio no tolerar que se les trate como seres inferiores, que se les degrade al punto de que sólo sirven en cuanto a que máquinas reproductivas, o que no se les permita desplegar sus capacidades. Todos, por el mero hecho de ser humanos, merecen la posibilidad de abrir las alas, despegar y sacar el máximo provecho de las capacidades de cada uno, cosa en la que nadie puede reemplazar a otro, a realizarse como persona. Pero tampoco hay que confundir los roles. A hombres y mujeres les corresponden los mismos derechos, responsabilidades y posibilidades, ok. Pero sus esencias son radicalmente distintas, por lo que no se puede esperar que lleven todo a cabo de la misma manera. No es posible. Por esencia, a la mujer le corresponde la feminidad. La mujer se caracteriza por ser toda alma, toda entrega y toda pureza. Él es el cazador, conquistador. Pero sin dejar, por ello, de lado la ternura. Sabiendo que la mujer es tierna, la conquista con detalles tiernos. Ella se preocupará de detalles como preocuparse de que la casa esté limpia, ordenada, que haya una comida rica para cuando él llegue. Lo esperará linda, lo recibirá con un beso tierno. Él, la sorprenderá con flores para el aniversario; la hará sentirse segura, amada, respetada. Ella lo hará sentir querido, acogido. Él sabrá que no hay nadie que lo comprenda mejor, que sepa cómo y cuándo. Y cada uno a su manera propia, original, única. Es el mismo hecho de que las esencias sean tan opuestas lo que permite que se complementen tan bien. Y el hecho de que ahora ambos sean igualmente libres, permite que puedan amarse tan plenamente, pues no hay nada que los fuerce a ello, sino que ahora es un acto de libertad radical, donde se pone toda la persona cuando ambos deciden unir sus vidas para siempre, frente a Dios y a toda la sociedad se comprometen a amarse.
¿Y en qué consiste esto en el matrimonio? Significa una constante conquista. Pues la aventura no termina cuando las maripositas se van, sino que recién ahí comienza, pues recién ahí empieza la tarea dura. Hay que conquistar al otro día a día, posponer los intereses propios por el bien del matrimonio y la familia, apoyarse, ser cómplices. No es tarea fácil. Menos ahora que las fuerzas políticas se han propuesto destruir a la familia. Tal vez la prohibición del divorcio alguna vez hizo que las parejas se esforzaran el doble en los momentos de crisis. Ahora “ya no es necesario”.
En fin. La cuesta que se yergue frente a los hombres y mujeres de este siglo, es más empinada que nunca. Pero hay que aprovechar todas las libertades con las que ahora contamos, pues tal vez nos permitan un triunfo mucho más glorioso que el alcanzado por los antepasados, pues ahora implica más que nunca ponerlo todo. Ya no está el yugo de la obligación. La libertad absoluta de hoy puede desperdiciarse de modo egoísta, como también puede hacernos triunfadores. Y eso está en la entrega.