"Nah, si no te va a doler!"
Esta frase es LEJOS la mentira más conocida y descarada.
En
orden cronológico, la escuché por primera vez de una enfermera
sonriente, con una calcamonía de un niño pecoso con la frase "Ya me
vacuné contra el Sarampión" y un dulce, ambos en el bolsillo, y una
jeringa con la famosa vacuna en la mano."Si te relajas, no te va a doler; a lo más sientes un pellizco y ya está!", te dicen. Seguro. Con harta rabia que fue el pellizco de la inyección. Sin embargo, siempre puede ser peor: nunca olvidaré la ocasión en que me tenían que sacar una muestra de sangre para unos exámenes. Yo contaba apenas con unos ocho años y me tocó una enfermera bastante negligente: cuatro clavadas por muñeca.

Menos mal que son pocas las de esta especie siniestra, no es usual toparse con enfermeras tan poco delicadas. Si no, el "sentirse bien" sería una constante paradoja entre sufrir para no sufrir el resfrío, "itis" o peste; o no sufrir el remedio y seguir sufriendo lo otro.
El segundo gran encuentro con el "No te preocupes, no te va a doler",
fue en la temida silla del dentista. Te sientas, te ponen esa especie de
"babero" de papel, además de una sábana. Reclinan la silla. Todo bien
hasta ahí, cuando, repentinamente, ves que con toda tranquilidad coge un
pequeño taladro con el que comienza a perforar tus dientes. "Ahí se ve una carie...hmm...va a haber que perforar antes de que alcance el nervio".
Sientes cómo te zumba en tu boca...cada vez cosquillea más...y hay algo
que te hace ver burros verdes: sin querer, tocó (con un contacto muy
poco agradable) el dichoso nervio. Lo veías venir, pero en el fondo de
tu corazón anhelabas que no pasara.Y, finalmente, la tercera situación en que me encontré con "la frase de oro", fue en la peluquería, cuando a eso de los 13 años decidí depilarme por primera vez. "Relaja los músculos y prácticamente no te va a doler", me dijo la peluquera al ver mi cara de susto. Y a pesar de la costumbre y constancia, eso nunca cambió.
Las piernas después de eso quedan suavisísimas, casi se caen los calcetines por lo sueves; pero el dolor que queda tras la "lijada" (te pasan una cosa áspera para facilitar el cuento) y la cera hirviendo...creo que es algo que las piernas nunca me perdonarán.
"Para ser bella, hay que ver estrellas", repetía mi madre cuando me peinaba para ir al colegio. Y si piensas en todo lo anterior...sólo para ser normal ves estrellas, burros verdes y todo lo que se te ocurra.
"Nah, si no te va a doler!"
Seguro, cómo no...
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