sábado, 18 de agosto de 2012

El Hombre y la Mujer en el Segundo Milenio

El Hombre y la Mujer en el Segundo Milenio

Desde el comienzo de la historia hasta hoy, 18 de Agosto 2012, ambos sexos han sufrido una serie de cambios vertiginosa. Según parece, en los comienzos de la historia hubo predominancia del matriarcado en algunas culturas. Posteriormente, en la parte de la historia que ya todos conocemos, esto se invirtió: el hombre era quien mandaba. Y esto no fue ni remotamente razonable: hubo culturas en las que la mujer no era más que un adorno de la casa. Era el bien más preciado, pero un bien más, no se le trataba como persona, con todas las de la ley; sino que era un bien más, intercambiable por bueyes, tierras o por lazos entre reinos. Así mismo, en la Polis Griega, las mujeres, al igual que los niños y esclavos, no eran consideradas ciudadanas. Pero con el paso de los años y siglos, esto fue cambiando. Y así fue como empezamos a votar, trabajar y ganar, paso a paso, nuestra independencia. Las mujeres, antes niñas indefensas que dependían del padre o marido, ahora son personas, ciudadanas autónomas, que pueden expresar lo que piensan y lo que sienten.
En los años de la colonia, y poco después también, era mal visto tener una esposa culta, educada e inteligente. Lo ideal era que fuera una tontita que se contentara con tecitos, en los cuales se juntaban a tejer, bordar y hablar de puntos, picadas, recetas…en fin, “cosas de mujeres”. El tiempo siguió corriendo, las que antes no eran más que tipas “solteronas”, con “modos masculinos”, decidieron “saltar del clóset”: no eran fracasadas, ni se les pasó el tren; simplemente son lesbianas. Y no es que misteriosamente a las mujeres les haya crecido el cerebro, simplemente empezaron a expresarse y las tontas dejaron de estar a la moda.
Y no sólo cambiaron ellas, sino que la concepción del hombre también. Mientras que en el comienzo de la historia, se ACEPTABA, ojo que no digo que se prefería ni que tenía que ser así, que el hombre fuera bruto, hediondo y peludo, era porque no quedaba otra. Las doncellas se veían obligadas a casarse con quien sus padres estimaran más conveniente, fuera o no un adefesio. Y probablemente las señoritas en cuestión se tenían que tragar las arcadas en la noche (porque ahí si que se pone fea la cosa) o su sentido del olfato moría al estar constantemente sometido a esta tortura. Ahora, que ya no dependen de los hombres, pueden elegir a su marido, y esto implica que tienen la posibilidad de aceptar o no si quieren pasar el resto de su vida con un hombre de las cavernas o si simplemente esperar a su príncipe azul, a su caballero de reluciente armadura. Antes no quedaba otra. Ahora ellas eligen.

Así los años siguieron su vuelo hasta que nos vemos en las décadas de los ’90 y el segundo milenio. Las féminas cada vez más exigentes, ya ni siquiera ponen en duda si amarrarse a el troglodita o no: simplemente no lo hacen. Ahora buscan realizarse profesionalmente además de hacerlo como mujeres.
Por parte de los hombres, hay muchos que son inseguros; inconscientemente sienten que con el nuevo prototipo ya no son suficientes. En los años de las cavernas podían demostrar su hombría y poder siendo el más fuerte, quien traía el sustento, dominando a los que tenía bajo su cargo. Mientras que ahora el tema se puso complejo: ya no basta con ser fuerte, ni proveedor. Tienen que ser perfectos: limpios, inteligentes, viriles, esforzados, exitosos, entre otras cosas. Y en ese éxito compiten contra las mujeres, ahora libres de todas las cadenas del machismo y creencias antiguas. En lo que concierne a ellas, como reacción a la historia que arrastran detrás, buscan parecerse cada vez a los hombres; ya no basta con los mismos derechos. Quieren ser iguales.

Entonces acá nos encontramos ante una gran interrogante que, sin duda, influirá en los hogares del siglo XXI: ¿hasta dónde llegar? ¿no se está, con esta revolución, perdiendo la esencia de mujer? Porque está bien querer surgir. Es lógico y obvio no tolerar que se les trate como seres inferiores, que se les degrade al punto de que sólo sirven en cuanto a que máquinas reproductivas, o que no se les permita desplegar sus capacidades. Todos, por el mero hecho de ser humanos, merecen la posibilidad de abrir las alas, desplegar y sacar el máximo provecho de las capacidades de cada uno, cosa en la que nadie puede reemplazar a otro, a realizarse como persona. Pero tampoco hay que confundir los roles. A hombres y mujeres les corresponden los mismos derechos, responsabilidades y posibilidades, ok. Pero sus esencias son radicalmente distintas, por lo que no se puede esperar que lleven todo a cabo de la misma manera. No es posible. Por esencia, a la mujer le corresponde la feminidad. La mujer se caracteriza por ser toda alma, toda entrega y toda pureza. Él es el cazador, conquistador. Pero sin dejar, por ello, de lado la ternura. Sabiendo que la mujer es tierna, la conquista con detalles tiernos. Ella se preocupará de detalles como que la casa esté limpia, ordenada, que haya una comida rica para cuando él llegue. Lo esperará linda, lo recibirá con un beso tierno. Él, la sorprenderá con flores para el aniversario; la hará sentirse segura, amada, respetada. Ella lo hará sentir querido, acogido. Él sabrá que no hay nadie que lo comprenda mejor, que sepa cómo y cuándo. Y cada uno a su manera propia, original, única. Es el mismo hecho de que las esencias sean tan opuestas lo que permite que se complementen tan bien. Y el hecho de que ahora ambos sean igualmente libres, permite que puedan amarse tan plenamente, pues no hay nada que los fuerce a ello, sino que ahora es un acto de libertad radical, donde se pone toda la persona cuando ambos deciden unir sus vidas para siempre, frente a Dios y a toda la sociedad se comprometen a amarse.
¿Y cómo se aplica esto en el matrimonio? En una constante conquista. Pues la aventura no termina cuando las maripositas se van, sino que recién ahí comienza, pues recién ahí empieza la tarea dura. Hay que conquistar al otro día a día, posponer los intereses propios por el bien del matrimonio y la familia, apoyarse, ser cómplices. No es tarea fácil. Menos ahora que las fuerzas políticas se han propuesto destruir a la familia. Tal vez la prohibición del divorcio alguna vez hizo que las parejas se esforzaran el doble en los momentos de crisis. Ahora “ya no es necesario”. En fin. La cuesta que se yergue frente a los hombres y mujeres de este siglo, es más empinada que nunca. Pero hay que aprovechar todas las libertades con las que ahora contamos, pues tal vez nos permitan un triunfo mucho más glorioso que el alcanzado por los antepasados, pues ahora implica más que nunca ponerlo todo. Ya no está el yugo de la obligación. La libertad absoluta de hoy puede desperdiciarse de modo egoísta, como también puede hacernos triunfadores. Y eso está en la entrega.

No hay comentarios: