Había una vez un mundo feliz. Todos eran felices y jóvenes. Salían , estudiaban, trabajaban; siempre haciendo la vida normal de una persona feliz.
Entre estas personas del Mundo Feliz, había una joven. Ella sabía cómo funcionaba la cosa: se hacía una vida normal. Después, si te casabas y hacías una vida normal, no morías, sino que vivías largamente entre los tuyos o al menos en ellos, en el recuerdo.
Si no lo hacías, tu vida seguía normal y perfecta hasta los 39. Ahí, se caía en un sueño profundo; pasabas a un estado de descanso perfecto que nadie jamás interrumpiría. Lo sabía. Lo tenía claro. Lo tenía asumido. Y ya se acercaba su cumpleaños número 25.
Entre estas personas del Mundo Feliz, había una joven. Ella sabía cómo funcionaba la cosa: se hacía una vida normal. Después, si te casabas y hacías una vida normal, no morías, sino que vivías largamente entre los tuyos o al menos en ellos, en el recuerdo.
Si no lo hacías, tu vida seguía normal y perfecta hasta los 39. Ahí, se caía en un sueño profundo; pasabas a un estado de descanso perfecto que nadie jamás interrumpiría. Lo sabía. Lo tenía claro. Lo tenía asumido. Y ya se acercaba su cumpleaños número 25.
No hay comentarios:
Publicar un comentario